viernes, 28 de octubre de 2016

Francisco Canaro

Cualquiera de esas superproducciones de Hollywood sobre los avatares de la vida de un famoso. O un libro de Dostoiewski ("El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para qué se vive"), encontraría en la trayectoria vital de este fenómeno, motivos de sobra para detallar munuciosa y gallardamente, las andanzas de un hombre que nació y creció en la más cruel miseria, junto a su ristra de hermanos y padres analfabetos y consiguió labrarse un lugar único y preponderante de la música, teatro y cine argentinos.

Que sin saber música, supo fabricarse una guzzla con una lata de aceite (trabajaba en una fábrica) vacía, y cuando hubo ganado algún dinero (vendió periódicos cuando niño), fue pintor de brocha gorda en el que sería flamante Congreso de la Nación, lustró zapatos, y con sus magros ahorrillos pudo comprarse un violín de segunda mano en un cambalache y se dedicó a la música.

                                         


Como ejecutante, hizo giras, aprendió solfeo con un profesor de provincia y otras cosas importantes de la música. Tocó en los boliches de la Boca en un trío armado con Samuel Castriota y Vicente Loduca, se fogueó en la orquesta de los Greco y les iría comprando instrumentos a sus hermanos menores: Humberto, Rafael, Juan, Mario, a los que un día también les formaría orquestas, e incluso los dejaría en Europa al frente de cada una de ellas.

Armó el trío Irusta-Fugazot-Demare, a quienes en París los entrenó y les consiguió un trabajo definitivo en Madrid que les abriría puertas en distintos lugares del mundo. Supo ir con su orquesta a la capital francesa y debutar con trajes de gaucho sus músicos para gambetear las leyes del Sindicato de Músicos de dicho país, que no admitían la competencia de extranjeros. Viajó con su conjunto y su tango milonga a Nueva York, para actuar un lujoso night club.

                                           


Lo cierto es que hablar de Francisco Canaro suena a fantasía por todo lo que hizo en sus 76 años de vida, desde su nacimiento en San José de Mayo (Uruguay) y la pobreza que lo envolvía. Fue su orquesta la que más grabó, una cantidad impresionante. La que implantó definitivamente el contrabajo que había agregado Roberto Firpo. El primero que tuvo dos cantores fijos. El primero en fusionar dos orquestas: la suya y la de Firpo, para amenizar los carnavales del teatro Colón en Rosario.

Podría decirse que no tuvo escuela, pero a punta de talento y coraje, fue gremialista y compró el terreno donde se estableció SADAIC, defendiendo los derechos de los autores. Fundó y presidió COMAR, junto a Fresedo y  Lomuto para salvaguardar los derechos de intérprete. Y con Maffia, Brunelli y los Lomuto también crearon la Sociedad Argentina de Directores de Orquesta. Armó aquellos cortos cinematográficos de Gardel, dirigidos por Eduardo Morera. Gardel grabó 19 obras suyas. Creó las grandes Revistas Musicales de teatro con Ivo Pelay, en el que estrenó algunos de sus tangos, milongas y valsecitos. Agregó numerosos instrumentos musicales ajenos al tango, en su orquesta.

                                           


Animó los caranavales gigantes del Luna Park con su conjunto, durante 19 años, nada menos. Ignoro el motivo, quizas fuera la envidia, pero lo cierto es que cuando comencé a frecuentar el ambiente escuché muchas leyendas negras sobre este hombre que se nacionalizó argentino a los 50 años y que dejó una obra impresionante en forma de títulos. Una de aquellas frases insidiosas versaba sobre su supuesta autoría en tantos temas. Aseguraban con énfasis que las compraba. Horacio Salgán lo desmentiría con una frase irónica que aclaraba todo:
-Si las compró, las compró todas al mismo, porque tienen el mismo sello.

Los años que estuvieron a su lado los distintos músicos que formaron en sus conjuntos, demuestran que eran bien tratados y les pagaba muy bien, además del respeto y cariño. Creó  y dirigió el quinteto Pirincho que durante unos 25 años grabó y vendió tantos discos como su orquesta, aunque nunca actuaron en público. La vida de Francisco Canaro pareciera demostrar que el día tenía más de 24 horas para él.

                                           


Hoy día, las grabaciones de Canaro vuelven a cobrar vida, pese a las maledicencias, las críticas adversas y vuelven a ser carne de milongas. Porque su ritmo bailable, su tango milonga, es atractivo para los bailarines, y tuvo cantores que enriquecieron las obras, como Roberto Maida, Charlo -sólo para grabar-, Carlos Roldán, Ernesto Famá, Francisco Amor y otros.

Yo tomo dos temas al voleo y volvemos a escuchar ese ritmo cuadrado de la orquesta, tan bien compaginado por el director y sus músicos. En estas grabaciones aparecen los nombres ilustres de Luis Ricardi en el piano (25 años en la orquesta), Federico Scorticati, Juan Canaro, Minoto Di Cicco, Ciriaco Ortiz, Ángel Ramos en bandoneones. Bernardo Stalman,  Marcos Larrosa, Cayetano Puglisi en los violines y Olindo Sinibaldi en contrabajo.

                                         


Y suenan así: Primero podemos escuchar el tango de Eduardo Arolas: Retintín, grabado el 24 de marxzo de 1938. Y a continuación la milonga de Graciano de Leone: Reliquias Porteñas, que llevó al disco el 14 de julio de 1938 y que hace retemblar el encerado cuando suena en las pistas de todo el mundo.

Retintín - Francisco Canaro

Reliquias porteñas - Francisco Canaro




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