sábado, 9 de abril de 2016

Tango, melancólico testigo

Hoy es noche de fandango, como decía Homero Manzi en su gotán: Ché Bandoneón, y puedo confesarte la verdad... ¡Y que querés que te diga!.. Cuando pienso en la milonga, en todos los bailarines y bailarinas que he visto en mis rondines por aquellos fabulosas recintos porteños, en los clubes y confiterías, en los bailes con las grandes orquestas, siento como una morriña inquieta, ¿viste? y me dan ganas de calzarme los charoles, poner la marcha atrás y... qué sé yo...

De todas maneras el tango ha vuelto a vivir esa etapa de renovación, que sucede en el tiempo, y que muestra una salud de fierro, ahora extendida a todos los rincones del globo terráqueo. Vos dejá que silben las bombas y rujan los cañones, que se hundan las bolsas, que los paraísos fiscales sean el refugio de la mitad de la guita mal habida del planeta; que siempre nos quedará de consuelo la milonga con su rante berretín.

                                           


Y, sí, me suele pasar los sábados porque era cuando nos poníamos la pilcha buena, hacíamos brillar los tarros y salíamos encorbatados a comermos la noche. O casi. Porque no era moco'e pavo bailar en vivo con D'Arienzo, Troilo, Pugliese, Di Sarli o D'Agostino, por citar algunas de aquellas grandes orquestas que nos siguen iluminando el camino. Pero la vida sigue y hay que continuar fatigando baldosas o encerados, porque la vida es corta como cantaba Castillo, ¿te acordás?

La vida es corta y hay que vivirla,
en el mañana no hay que confiar.
Si hoy la mentira se llama sueño
tal vez mañana sea la verdad.

Y como estoy con el motor en marcha al compás de algunos gotanes y milongas que me alumbran el cuore, los invito a disfrutar con esos milongueros argentos que arrancan aplausos allí donde pisen y se manden algunos pasos sin copyright. Porque los milongueros, como aquellos músicos que nos legaron la grandeza de su obra,  siempre fueron generosos y transmitieron sus figuras y su estampa a los que venían de atrás para que no se cortase la cadena trófica.

 Arranco con Roberto Herrera y Silvana Capra, que en un Festival de Génova, se bailaron el valsecito clásico: Desde el alma, por Osvaldo Pugliese y su orquesta. Y de paso, le hicieron un merecido y sentido homenaje al lamentablemente desaparecido, Osvaldo Zotto, como se ve en la pantalla.

                                        

Paso página, y como siempre se vuelve a Buenos Aires,  allí los vemos a la enorme Alejandra Mantiñán y Gonzalo Angeles. En este caso se mandan  con una milonga: Ella es así, por el Sexteto Milonguero.

                                        

Y para cerrar con los puntos altos del corpus milonguero, el troesma de troesmas, Miguel Ángel Zotto y Daiana Gúspero, nos deleitan en Udine -Italia-, con una brillante exhibición, al compás de la Orquesta de Osvaldo Pugliese y este tangazo.

                                                                                


                                        


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada