miércoles, 27 de mayo de 2015

Enrique Campos y el cuarenta

En las milongas nos siguen acompañando las maravillosas grabaciones que nos dejaron las Orquestas Típicas, realizadas en las décadas del treinta, cuarenta y cincuenta. Es muy fácil para cualquier musicalizador meter mano en aquellos maravillosos manojos de notas que venían envueltos en las partituras tangueras, tan bien interpretadas por las orquestas que conformaron el abanico de los distintos estilos y propuestas, de esas formaciones inolvidables. Una baraja con numerosos naipes ganadores.

El otro gran atractivo que tuvieron todas ellas fueron los cantores que trasmitían semejante cosecha de poemas musicales y que eran ovacionados por los aficionados. Las radios y los clubes con sus Bailables, reunían a verdaderas muchedumbres ávidas de bailar y a la vez  escuchar a  esos jilgueros que entonaban las viejas o nuevas canciones  con sus modos tan personalísimos.

                                           
Charlo y Libertad Lamarque. ¡Qué pinta tenía!

Gardel había sembrado generosamente la manera de interpretar el tango y el lote de sucesores mantuvo en alto la bandera de la canción popular dándole una nueva vestimenta vocal a la misma. El maestro Charlo, Hugo del Carril, Oscar Alonso o Alberto Gómez supieron trasladar al público la pasión de esos versos y además los expandieron por toda América con un suceso impresionante.

Y llegaría así la camada del cuarenta que fue algo realmente impresionante. Todas las voces, todos los estilos desfilaron junto a la magia de los instrumentos de sus respectivas orquestas y elevaron el diapasón a extremos geniales, cuyo efecto sigue llegando con devoción hasta nuestros días.

                             
¡Qué trío! Marino, Fiorentino y Troilo

                                      

Voces potentes como las de Alberto Marino o Podestá. Llenas de vitalidad y musicalidad fueron las de Rufino, Casal. Magistrales, cautivantes, geniales,  resultaron las de Floreal Ruiz y Berón. Y voces chiquitas pero que transmitían genialmente el mensaje poético musical como pocas: Fiorentino, Vargas, Julio Martel. Llegarían por fin las voces graves al tango gracias al señorio magistral de Edmundo Rivero, abriendo nuevas puertas a esta manifestación. La sabia veteranía de Carlos Dante, el estilo, reo, rompedor pero tremendamente afinado de Castillo. La cancha de Echagüe para lucir su estilo con la velocidad de D'arienzo. Los gardelianos como Mauré o Deval. El descubrimiento de Goyeneche y el Paya Díaz con Salgán. Y tantas y tan disímiles. Roberto Ray o Ricardo Ruiz, fresedianas al mango, plenas de musicalidad. Chanel y Morán, distintos pero geniales con el sonido tan particular de Pugliese. O la aparición de Maciel con Gobbi. Podría seguir nombrando a los de aquellas camadas y los que fueron llegando. Y siempre, afortunadamente, me quedaría corto.

Por eso interrumpo el hilo de los recuerdos momentáneamente, para quedarme con una de aquellas voces que llegaron de Montevideo para alternar con las  que poblaban las marquesinas tangueras de la época y se reproducían infinitamente en los discos que inundaban el insaciable mercado y la multitud de milongas desparramadas por todo Buenos Aires.

                                           

Fue Enrique Campos el que arribó y pasó la prueba para reemplazar al triunfador Alberto Castillo que se convertía en un solista que arrastraba multitudes y dejaba un vacío tremendo en la orquesta de Ricardo Tanturi. Campos, hasta allí Eduardo Ruiz y como ciudadano: Enrique Inocencio Troncone, cumplió con creces su cometido y en tres años geniales dejó con Tanturi una estela de 51 grabaciones, superando las 37 de Castillo,

Esos 51 registros son una verdadera joyita para los bailarines. Porque la orquesta era tremendamente milonguera y Campos tenía una facilidad y sencillez geniales para interpretar los temas que le tocó crear con Tanturi. Era un cantor natural y con mucha musicalidad, cercano al público, en aquella época en que los barrios porteños estaban llenos de cantores en potencia.

                                             
Tanturi y su orquestón: 5 fueyes, 4 violines, piano, contrabajo y Enrique Campos

Yo alcancé a verlo cuando estaba en rubro con el bandoneonista Alfredo Calabró, en la Richmond   de Suipacha y con la orquesta de Roberto Caló en la Confitería Nóbel. Y ya conté que en la Richmond cuando me divisaba, me dedicaba  el tango de Fulginiti; Llorando la carta, con el preámbulo: "Para el pibe", y me señalaba risueñamente. Y yo agrandado, claro, a esa edad...

Como solista lo acompañaron varios conjuntos, estuvo en otras formaciones como la de Francisco Rotundo, donde en dúo con Floreal nos dejaron esa joya: El viejo vals, de Charlo y González Castillo. El pianista Dante Smurra dirigió el conjunto que lo acompañaba en Radio El Mundo y en una gira por Colombia, Campos grabaría  un LP con doce temas, titulado: Buenos Aires del cuarenta, que representa un poco el leit motiv de mi sanata tanguera de hoy. Mientras escribo lo escucho a este cantor entrañable y creo que cada vez me llega más. Lo  acompaña la orquesta de Miguel Nijensohn.

                                                  


He seleccionado dos de los temas que canta en ese disco que no tuvo difusión en Buenos Aires. El que da nombre al elepé: Buenos Aires del cuarenta, del mismo Campos, Jorge Moreyra y Dante Smurra. Y Estás en Buenos Aires, de Miguel Nijensohn y Reinaldo Yiso. De paso me amasijo con una biaba al cuore. Por la lejanía, ¿viste?

1-1 - Buenos Aires del cuarenta - Enrique Campos

1-5 - Estás en Buenos Aires - Enrique Campos



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