lunes, 22 de diciembre de 2014

Chau Horacio...

Ayer fue un día muy triste para el tango, ya que se nos fué uno de sus más grandes poetas contemporáneos: Horacio Ferrer. Ya está inscripto entre los grandes trovadores populares que ha tenido el género, absolutamente novedoso y distinto en sus formas y su espíritu, mezcla rara de gorrión de barrio y de murciélago nocturno, capaz de darle infinitas vueltas al idioma y de encontrarle nuevas formas literarias a la poesía tanguera.

Su estilo  de vida, su forma de vestir, de hablar, eran poéticas. Habitaba una distinta dimensión, que se podía calibrar en el tejido de sus versos. Algunas de las obras que compuso con Ástor Piazzolla dieron la vuelta al mundo y fueron trasplantadas a otras lenguas, como Balada para un loco o el tiernísimo Chiquilín de Bachín. También se animó -junto a Ástor- con una operita titulada María de Buenos Aires, que contiene todos los tiernos elementos del género, pero trefilados en una modalidad desconocida.

                                                 


Su primer libro de poemas: Romancero cayengue, lo hojeé en una librería de Montevideo y me pareció muy novedoso en su parla, que no era ni lunfarda, ni barriobajera, ni castellano. Era un invento nuevo, que incluso fue prologado por Cátulo Castillo, que también entendió que había un poeta distinto y saludaba su ingreso al salón de los hombres que supieron darle lustre al tango. En ese momento no lo conocía de nada, no sabía de antecedente alguno suyo, pero me gustó el ejemplar y lo compré.

Y decía Cátulo: "Emanante -en mí-  de un racicocino protestón frente a las pacaterías del tratado de Literatura que padecí en mis años colegiales, pero carente de orientación para el hallazgo de un método -llamémoslo así- que corrigiera ese tremendo lastre de las preceptivas inamovibles que forman los diccionarios de la lengua. Pero que, de pronto, se realiza en Usted, es decir en su poesía  rioplatense que ha titulado ROMANCERO CANYENGUE, con una simplicidad y una gracia de hallazgo natural, que hace sonreir, pero con la alegría de quien se asoma, desde un árido peñasco, a la perspectiva de un paisaje encantador".

                                     
Con ese fenomenal músico: Fabián Bertero en una actuación reciente.


Y lo decía un poeta de la talla de Cátulo que supo entrever en ese libro que compré y que años más tarde me lo dedicaría Horacio, al futuro versificador de páginas que revolucionarán el género y serían un capítulo aparte en la historia del mismo. Con Piazzolla, especialmente, realizaron un trabajo en común que significó toda una revelación nueva, distinta. En total crearon 54 obras, con ambos en plenitud, como un desafío a todas las reglas y los modus imperantes hasta ese momento. 

Escribió numerosos libros, sobre todo una impresionante historia del tango, con biografías, de dos tomos primero y luego de tres enormes tomos, que engalanan mi biblioteca. En total, poseo once libros suyos, casi todos dedicados cariñosamente porque nos conocíamos desde los primeros años setenta, cuando coincidimos en la Editorial Atlántida aunque escribiámos en dos publicaciones distintas. Algunas veces compartimos allí el almuerzo o quedábamos para un café en el Tortoni.
                                     

Con Pichuco que apreció tempranamente su capacidad

Me encontré con Horacio varias veces en Madrid, incluso; y en un Homenaje que le hicimos en un teatro de la Capital de España, con músicos, bailarines y payasos, me escogieron como presentador del mismo. Charlamos un tarde con él y Lulú Miceli, su eterna compañera, en el mítico Chicote de la Gran Vía y era un placer estar a su lado porque además de todo, era muy divertido.  Lulú lo había hecho hincha de Huracán, y tal vez el ascenso del club del Globito, le haya dado su última alegría.

Su obra magna se completa con la creación de la Academia Nacional del Tango, algo que lo define en plenitud como hombre de tango que se animó a todo. Una obra donde puso todo su espíritu y que deja como legado a los tangueros rioplatenses, para que lo valoren después de muchos años de su partida. Hoy lloramos su último y definitivo adiós, con las palabras donde previó su despedida.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
gurdaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

                                       


Y en este recuerdo triste, lo traigo con el tema que dedicaran con Piazzolla a Aníbal Troilo: El gordo triste. Lo canta Roberto Goyeneche acompañado por el Quinteto de Ástor Piazzolla.

El gordo triste - Roberto Goyeneche -A. Piazzolla



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