martes, 13 de mayo de 2014

Lidia Borda

Lleva la marca en el orillo porque creció en una familia de músicos y guitarreros. Y de esos árboles suelen salir brotes llamativos, hermosos. Su hermano Luis, ejecutante de guitarra y músico integral que dirige en Munich su propia Ensemble que estriba en el llamado Tango Nuevo, está muy bien considerado no sólo en Alemania sino en muchos países europeos.

Lidia tenía el tango flotando a su alrededor, estudió Bellas artes, canto y Teatro. Con esa hermosa voz que tiene, cantaba blues en un local de San Telmo y una noche su hermano la llevó a escuchar a Luis Cardei al restaurante Arturito de Parque Patricios. Y allí sintió que había otra manera de cantar el tango. Luis tenía problemas de movilidad, padecía hemofilia y su voz no era potente. Pero sostenía: "Yo necesito emocionarme con el argumento ya que juego interpretando al personaje". Y era gardeliano a rabiar. se había pasado la infancia y adolescencia escuchándolo por radio o en discos.


Y así, por ese milagro, Lidia Borda, comenzó su camino de cantante de culto que la llevaría a varear su tanguidad por diferentes países de Europa y hasta a tener el privilegio de participar como representante de Lainoamérica en la ceremonia de apertura de la Biblioteca de Alejandría en Egipto junto a su hermano, en el año 2002.

Por otra casualidad se hizo con una gran cantidad de viejas partituras de tango. Se asombró con algunas letras como la de Hembra, un viejo tango prácticamente desconocido, de Carlos Romeu que cantó Lucy Clory en la obra "Buenos Aires al frappé", estrenada en el Teatro Sarmiento en enero de 1928. Y descubrió otro tango de ese mismo año que firmaron Aieta-Juan Polito y García Jiménez: Entre sueños que la golpeó. ("Tu paso suave / llegó a mi pieza, / mis brazos se abren, / mi boca besas... / Cuánto tiempo te he esperado, / cara a cara con la muerte, / y a la muerte le he guapeado /
para verte...
") Un tango nada fácil de cantar que la llevaría a grabar su primer CD con ese título.

Le hubiera gustado cantar con Fresedo y con Pichuco para recibir esa contraseña de las noches piolas de los cuarenta y ese "algo más" que transmitía Troilo a sus cantores. Pero supo explorar sus entrañas.

                                          
Lidia Borda con su hermano Luis

Las Simone, Falcón, Quiroga, Duval, Ledesma, que impusieron el modelo heráldico,  le fueron revelando el paisaje reconocible de lo próximo y el asombro de lo lejano. Y el dramatismo melódico de esta soprano que encontró el rumbo de su feliz carrera, demostró esa fidelidad a unas premisas que buscan reflejar sombras y luz con belleza, pero sin vulgaridad. Sus interpretaciones aglutinan todos los ingredientes de la intensidad. Y se siente igual de cómoda acompañada por orquesta, guitarras o con un piano. Con una elevación desprovista de ese énfasis tan propio del género, la Borda se ganó a pulso tanto a los críticos como al público que acudía al Club del Vino a fines de los 90. Yo la pude disfrutar en ese escenario que compartía con Cristina Banegas y Liliana Herrero.

Desde entonces Lidia me copó el cuore y la ubico en ese sitio que ganaron Mina en Italia, o las glorias del samba brasileños que me enloquecían a comienzos de los sesenta cuando aterricé en Río de Janeiro y me fui quedando con aquellas voces sublimes de Mayssa, Ángela María, Elisette Cardoso o Elza Soares. 

                                                        
La Varela, Federico, Mores, Cabarcos, Cardei, Posetti, Suárez Paz,  Lidia,  Néstor y Leonardo Marconi y Alfredo Piro

 Criada en San Martín, provincia de Buenos Aires, transitó en aquellas calles de tierra donde los pájaros salían de los nidos y aprendían a volar y a cantar. Lidia aprendió a convivir con una voz aguda que chocaba con el tango, hasta que la aceptó y le gustó. Y voló. Y cantó. Y se radicó en mi querido barrio de Parque Patricios que respira tango por sus arterias y donde quedan las huellas de sus antiguos moradores: Rial, Centeya, Firpo, Barbieri, Discépolo, los Lomuto, Angelito Vargas, Roberto Videla. Juan Guido y tantos otros ilustres. 

                                       



Supo elegir repertorio y la intimidad de su estilo, que maneja con brillo y convicción, y me convirtió en hincha suyo. En cada interpretación nos invita a un viaje emocional y su madurez le permite transitar con naturalidad entres los meandros del tango, al hilo de los avatares de la vida. Las letras se transforman por medio de intangibles filamentos de mensajes que llevan y La Borda, no sólo lo sabe sino que continúa en su búsqueda de la excelencia. Por eso me llegan tanto los temas que toca.

Y para comprobarlo la vemos y disfrutamos, cantando Nada más, el tango de Juan D'Arienzo y Luis Rubistein. La acompaña un excelente pianista: Diego Schissi (hijo del actor y dramaturgo Oscar Viale -Gerónimo Oscar Schissi). La voz de Lidia transmite tantas cosas...

                                      

Y después de esta maravilla y un par de sorbos del wisky que me acompaña, me deleito con el tango de Enrique Delfino y Julián Centeya: Claudinette. Belleza pura.                                                

                             





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