martes, 30 de abril de 2013

El tano Marino

Alfredito Gobbi le endosó su marca registrada: "La voz de oro del tango", y parafreaseando el tema de Abel Aznar, prodríamos decir: "Y no le erró". Fue en su momento una de las voces que brillaron con luz propia en las marquesinas del cuarenta y en una orquesta de multitudes como fue la de Aníbal Troilo, que encontró en esa dupla con Floreal Ruiz, al as de espadas y al as de bastos del tango.

                                               

 Le sobraba gola tenoriana a Marino y Pichuco supo atemperarla y rebajarla a barítono, para que se amoldara mejor al estilo de la orquesta. La influencia del gallego Alberto Rodríguez Lesende y su admiración por Gardel le fueron señalando el camino que luego alumbraría con su propia personalidad, moldeada por Troilo, que de cantores sabía una barbaridad.

Curioso trayecto el de este cantor de raza, que nació en la ciudad italiana de Verona. Sus padres eran cantantes líricos y obedeciendo al llamado del abuelo paterno que había emigrado a la Argentina y explotaba minas de carbón en la provincia del Salta, se embarcaron hacia el río de la Plata con sus seis hijos entre los cuales estaba Alberto que contaba 6 años en ese momento y se llamaba Vicente Alberto Marinaro.
                                       
Pichuco con Ruiz y Marino

Don Ángel y Ángela no se adaptaban bien a la vida tranquila y provinciana del norte argentino y dos años más tarde de su llegada, deciden radicarse en Buenos Aires, cerca del Teatro Colón y del Marconi, para reencontrase con la lírica y sus paisanos. Viviendo en el barrio de Palermo, el pequeño Alberto se adaptó pronto al estilo de vida porteña, y el tango comenzó a merodear sus neuronas. Y su madre tuvo la feliz idea de mandarlo a estudiar con el maestro Eduardo Bonessi que cuidaba y educaba las cuerdas vocales de todos los grandes cantores de tango, de Gardel en adelante. El joven ya tenía 18 años y buceaba en los estilos de Lesende y Charlo.

Las ofertas le llegaron pronto pues su caudal de voz y personalidad no podían pasar desapercibidas. A los 15 años comenzó a cantar en público. Pasó por varias orquestas con el seudónimo de Alberto De Mari y Troilo que quería tener dos cantores, lo escuchó, lo probó y decidió incorporarlo a su orquesta, haciendo dupla con Fiorentino. Debutaría el 5 de abril de 1942 en el Tibidabo y entró a lo grande, ovacionado, ganándose el corazón de los hinchas de Pichuco y de sus músicos. Fue la gran época, sobre todo cuando ingresó Floreal Ruiz a fines del 44, y dejaron páginas maravillosas para el recuerdo.

                                       

 Después Marino buscaría su propio camino como solista y lo acompañarían diferentes músicos. Mantuvo su éxito durante varios años, grabó numerosos discos y al final su garganta exigida por tanto esfuerzo, con un repertorio que le obligaba a elevar los tonos, en el anterior registro de tenor, y notorios vibratos, le pasó factura. Pero Alberto Marino está en la lista de los grandes intérpretes vocales del tango y hoy lo traigo al Blog en dos temas. La calle del adiós, de Roberto Lambertucci y Fernando López, registrado  con la orquesta que dirige Emilio Balcarce, grabado el 20 de enero de 1948. Y Nací en Pompeya, de Natty Norton y José Rótulo, acompañado por el conjunto dirigido por el bandoneonista Juan Miguel Toto Rodríguez, realizado el 24 de mayo de 1949.

11- La calle del adiós - Alberto Marino

15- Nací en Pompeya - Alberto Marino






lunes, 29 de abril de 2013

La Orquesta Típica Brunswick

Debido al éxito de ventas de los ellos RCA Víctor y Odeón, a finales de los años veinte, dos sellos norteamericanos decidieron poner pie en la tierra de los tangos y así nacieron las filiales argentinas de la Columbia - que retornaba- y Brunswick.
                                                     

Este último sello incursionó en el tango contratando a figuras como Magaldi-Noda, Azucena Maizani, Julio De Caro, Donato-Zerrillo, Ricardo Brignolo, Osvaldo Fresedo, y emulando al sello RCA y su Típica Víctor, crearon la Típica Brunswick, que como su antecesora, sólo incursionaba en la faz de grabaciones, sin actuar en público.

El Director del Sello en Argentina, apellidado Salisbury, fue a ver al cine Hindú a Pedro Maffia, donde actuaba con su orquesta y lo contrató para dirigir esa formación inicial de la grabadora, accediendo a las recomendaciones de los entendidos.

Pedro Maffia reforzó entonces su orquesta que se integró con: Pedro Maffia, Alfredo de Franco y Florentino Ottaviano en bandoneones; Elvino Vardaro, Emilio Puglisi y Carlos Campanone en la fila de violines; Osvaldo Pugliese al piano, Nerón Ferrazzano en violoncello y Francisco De Lorenzo al contrabajo.
                                   
Septeto Brunswick. Arriba: A.Rodio, F.De Lorenzo, E.Scalise, G.Clausi. Abajo: N.Ferrazzano, P.Maffia y E.Puglisi

Al poco tiempo Vardaro y Pugliese se alejan para formar su propio y maravilloso Sexteto, Eugenio Nóbile supliría la baja de Vardaro y José Pascual, la de Pugliese, y el elenco se iría modificando por las idas y venidas de los músicos que en esa época tenían mucho trabajo, especialmente Pedro Maffia, su director.

La orquesta de Maffia, se haría incluso responsable de las grabaciones de tangos, en la empresa Columbia bajo los mismos supuestos que la Víctor y la Brunswick: exclusivamente para registrar en disco sus creaciones.

Al alejarse Maffia del sello Bruswick debido a sus múltiples compomisos, accede a la dirección de la orquesta el gran pianista Juan Polito, que mantiene airosamente el nivel musical de la anterior formación y la dirige hasta cerca del final del año 1932, cuando el sello decide retirarse del mercado.

                                                               
De todos modos se trató de una linda experiencia, que se agregó a todo lo que estaba flotando en el aire y que iría a explotar a mediados de la década cuando comienza a surgir la gran experiencia de los Laurenz, D'Arienzo, Troilo y compañía que supieron tomar la posta para darle la fisonomía definitiva al tango, como lo estaba reclamando la muchachada de aquellos años de vorágine.

Vamos a sumergirnos en la nostalgiosa época escuchando dos termas de la orquesta Brunswick: Quejas de bandoneón, de Juan De Dios Filiberto, donde incursiona por ahí una exótica guitarra hawaiana y Raquel, de Osvaldo Donato, registrado en 1931

Quejas de bandoneón - Típica Brunswick.

Raquel- Típica Brunswick

domingo, 28 de abril de 2013

El Chopin del tango

Osvaldo Fresedo fue quien lo apodó artísticamente con este alias artístico por su espíritu de ejecutante romántico, como el gran polaco, aunque él lo injertara en las costuras cambiantes de una ciudad cambiante, afincado en el tango. Por su fuerza emotiva merecía entrar en un canon mayor, que quizás no llegó a alcanzar por su temprana muerte, a los 33 años de edad.

Se llamaba Osmar Héctor Maderna, aunque en las enciclopedias populares tangueras, suelen suprimirse casi siempre los segundos nombres y, precisamente hoy se cumplen 62 años de su trágico fallecimiento, cuando se precipitó al suelo con su avioneta en la zona de Lomas de Zamora, cortándose allí, lo que se esperaba como una carrera muy exitosa y original.
                               
Había nacido en Pehuajó, un pueblo agrícola-ganadero de la Provincia de Buenos Aires, a orillas de la Cuenca del Río Salado y a 365 kilómetros de la Capital. Fue el octavo de los diez hijos que tuvo el matrimonio italiano: Juan Maderna-Ángel María Nigro. De su padre heredaría ese sentimiento musical, porque en las fiestas del pueblo, Don Juan salía con su "verdulera", esa especie de mini acordeón que tanto usaron los inmigrantes para transmitir las melodías del lontano paese.

                                         
Fueron casi todos agricultores italianos que se mezclaron los mapuches que habitaban la zona, quienes fundaron ese pueblo, y desde muy pequeño Osmar sintió el llamado, por lo cual la madre lo inscribió en los cursos que daba una maestra de Pehuajó, en el Conservatorio Fontova y de allí con 15 años,  saldría graduado y preparado para todo. Años más tarde, con mucho cariño recordaría a quella maestra rural: Leonilda Lugones y le dedicaría su hermoso tango: Lluvia de estrellas, a las cuales veía desde su ventana nocturna caer por las noches, cuando soñaba con ser músico.

Miguel Caló lo conoció en radio Belgrano, donde actuaba Osmar, con 21 años cumplidos. Había logrado conformar al Director artístico de la emisora y tocaba como solista. Allí lo descubrió el hombre que siempre tuvo buen olfato para entrever las posiblidades de los jóvenes y le propuso integrarse en su orquesta. Chupita Stamponi se había ido a México con Amanda Ledesma y necesitaba con urgencia un pianista. Así entró Maderna en 1939, a formar parte de la Orquesta de las Estrellas, cumpiendo una parte de sus sueños, cuando se largó a Buenos Aires con sus amigos de la infancia Aquilles Roggero y Arturo Cipolla, violinistas ambos.
                                             
Osmar Maderna con sus cantores Mario Corrales y Pedro Dátila
Nunca se tuvieron dudas sobre la influencia de Maderna en aquella orquesta. Le transmitió su impronta a la misma de tal manera, que Caló le confió incluso los arreglos y orquestaciones.  Basta ver sus trabajos con Sans Souci, Inspiración, Saludos, Corazón...no le hagas caso, Yo soy el tango o La maleva, para comprender hasta que punto su intervención fue decisiva para que el dreamteam de Miguel Caló alcanzase proyecciones estelares en el firmamento tanguero de una época irrepetible.

Esas grabaciones de entonces hoy son aún plato fuerte de la milonga. Cuando Maderna forma orquesta propia, su estilo queda para siempre impregnado en las siguiente formaciones de Caló. Es en 1945 cuando se da el gusto de dirigir su alineación, en la cual militan los fieles Roggero y Cipolla.

Serían sus bandoneones: Domingo Federico, Pepe Libertella (con 16 años), Luis Stazo y Eduardo Rovira, lo que habla de la categoría de la formación que es llamada por sello Sondor para editar sus primeras grabaciones. Buen gusto en la elección del repertorio, personalidad, cantores adaptados al estilo orquestal (Vierri, Tolosa, Corrales, Dátila, Rivas) y sobre todo sus grandes creaciones.

Lluvia de estrellas, Concierto en la luna, Escalas en azul o el arreglo de El vuelo del moscardón de Rimsky Korsakoff, consideradas como tangos-fantasía, fueron en su momento una audacia prodigiosa de tal calibre, que varias orquestas norteamericanas las ejecutaron. O su vals chopiniano con letra de Homero Expósito: Pequeña que caló en el repertorio  de cantantes de todo tipo.
                                    
Además compuso temas de esos que no se despintan con el tiempo: La noche que te fuiste, con el Catunga Contursi, En tus ojos de cielo con Luis Rubistein. Qué te importa que te llore, Jamás retornarás o el vals Luna de plata en los que, curiosamente compartió letras y música con Miguel Caló, entre otras.

Obtuvo el brevet de piloto civil en 1950. Y el 28 de abril de 1951, piloteando un Euroscope415-CD, se rozó con otra avioneta mientras realizaban acrobacias y se precipitó a tierra desde unos 250 metros de altura, falleciendo en el acto junto con su acompañante.

Por eso quiero recordarlo en este día. Con su orquesta, en el tema de Cátulo Castillo y Osvaldo Pugliese (que lo ubicó a Maderna entre los 4 mejores pianistas): Una vez, cantado por Pedro Dátila y grabado el 31 de Octubre de 1946. Y Riberas de París, del propio Maderna con letra de Cátulo Castillo. Lo canta Mario Corrales (luego se llamaría Pomar) y se grabó el 16 de diciembre de 1947.

Una vez - Maderna-Dátila

35- Rincones de París - Maderna-Corrales




sábado, 27 de abril de 2013

Caló, orquesta de los milongueros

Uno nota esa alteración en las mesas, las sillas y el ardor de la pista cuando suena Caló. Muchos bailarines de ambos sexos me han confesado a lo largo de los años sus preferencias por esta orquesta, debido al swing milonguero que ofrece para el disfrute.

                                                   


Yo debo reconocer que no siento quizás  lo mismo que esos cofrades, pero los hechos son tozudos y hay que admitirlo. En su orquesta militaron una gran cantidad de músicos jóvenes que le dieron ese toque rítmico inconfundible: Raúl Kaplún, Domingo Federico, Armando Pontier, Héctor Stamponi, José Cambareri, Carlos Lazzari, Juan Cambareri, Antonio Rodio, Eduardo Rovira, Miguel Nijensohn, Ariel Pedernera y sobre todo Osmar Maderna, que terminó dándole esa coloratura que lo sigue identificando hasta el día de hoy, aunque él se hubiera alejado del conjunto.

En realidad, todos fueron formando su propio rancho aparte y no ha existido orquesta por la cual hayan pasado tantos futuros directores. La militancia con Caló fue el mojón final del periplo de su formación y a casi todos ellos los esperaba la merecida fama, pues eran todos grandes músicos.

A ello debemos agregar el hecho de que un enorme y revolucionario poeta como Homero Expósito, por provenir de la misma zona que Stamponi, Pontier o Francini y por su amistad con ellos, creó páginas que calaron hondo en aquel fermento del 40, cuando el tango  penetrado de ansias estaba pidiendo a gritos, propuestas estéticas de ese calibre. Es como pintar la música, el eje flamígero que las hace imborrables, indestructibles. Y Federico, Pontier, Argentino Galván -que era el feliz arreglador del conjunto-, Stamponi, Francini, Maderna, todos integrantes de la orquesta, firmaron una cantidad de éxitos con Expósito, que representaron una fuente inagotable de páginas maravillosas.

                                   

Percal, Yuyo verde, Yo soy el tango, Tristezas de la calle Corrientes, Déjame volver para mi pueblo, Al compás del corazón, A bailar, con Domingo Federico. Trenzas, Margo, El milagro, Bien criolla y bien porteña, con Pontier. Qué me van a hablar de amor, Quedémonos aquí, Pueblito de provincia, Mi cantar, Flor de lino, con Stamponi. Pequeña con Maderna. Óyeme con Francini. Esta noche estoy de tangos, Cafetín, con Galván. Azabache con Francini y Stamponi. Dos fracasos con Caló,  fueron varios de esos golazos que nutrieron el arsenal de la orquesta, sacudieron las puertas de la calle Corrientes y el tout Buenos Aires tanguero aplaudió, cantando y bailando esas creaciones impagables, que siguen constelando en nuestra discoteca.

Miguel Caló, integrante de una familia numerosa del barrio porteño de Balvanera estudió violín desde los 16 años y finalmente se decidió por el bandoneón. Sus hermanos Juan, Armando, Antonio, Salvador y Roberto también se dedicaron a la música, en un caso raro de mimetismo. A sus 17 años, el jovencito Miguel tocaba el fueye en el cine Independencia de su barrio y comenzaba a ingresar algún dinero en la casa. A los 19 se enrolaba en la orquesta de Osvaldo Fresedo, que le impregnó sus ideas. Pasó por el conjunto de Pracánico, formaría su primera y olvidada orquesta y en 1929 se fue con Cátulo Castillo a España, en la aventura que éste trazó con los 3 hermanos Malerba y el cantor Roberto Maida.
                                                         


Así anduvo, tanteando la suerte, armando y desarmando conjuntos, viajando con Fresedo a Estados Unidos y de vuelta persiguiendo los secretos de aquella música que lo atrapó: su velocidad, las lentitudes súbitas, su hermetismo. Hasta que llegó esa explosión que fue la década del cuarenta, abonada por la generación del treinta. Y esa orquesta de jóvenes rompedores que buscaba su lugar en el firmamento tanguero, con los cantores que supo escoger el director: Raúl Berón, Alberto Podestá, Raúl Iriarte, Jorge Ortiz, Roberto Mancini. Y la perennidad de aquellas noches que acogió ese tango.

Evidentemente, Miguel Caló se ganó a pulso su lugar en el Olimpo tanguero. Cuando uno encuentra una música así, debe estarle agradecido el resto de sus días. Por eso en este sábado que amenaza lluvia, yo preparo el mate, los bizcochitos de grasa, pongo a la Orquesta de las Estrellas en la vitrola y me instalo en la década prodigiosa.
                                                                     
Raúl Berón y Raúl Iriarte, dos baluartes de la orquesta de Caló

Sí, que hermosura: Corazón no le hagas caso, de Armando Pontier y Carlos Bahr, grabado el 29 de junio de 1942, con la voz de Raúl Berón. Y un día más tarde, esa fábrica de éxitos registró el tango de Miguel Caló y Osmar Maderna: Qué te importa que te llore, que canta como los dioses Raúl Berón..


Miguel Caló-Raúl Berón: Corazón no le hagas caso

Miguel Caló- Raúl Berón - Que te importa que te llore

viernes, 26 de abril de 2013

Los bandoneones de Di Sarli

Toda la familia del tango se asombró siempre de las maravillas que logró Carlos Di Sarli con su orquesta, pese a no tener grandes orquestaciones ni arreglos muy trabajados. El estilo disarliano, con su fuego sagrado, como lo definía el bandoneonista de su orquesta Félix Verdi, que estuvo 22 años tocando en la orquesta del gran maestro de Bahía Blanca, sigue asombrando hoy día.

Esa manera de comenzar livianito, llegar al fuerte y quedarse en un acorde, mientras arrancan los violines; la fuerza que le imprimía en los crescendos, el staccato fuerte con la derecha; constituyen la marca de fábrica de este genial músico bahiense, tan admirado por sus propios colegas.

                               

Además de un repertorio sabiamente escogido, donde tienen prioridad en sus comienzos los temas de la guardia vieja remozados en su interpretación, y esos capolavoros que fermenta con Roberto Rufino en aquellos años inolvidables, del Pibe del Abasto.

La manera que tuvo Di Sarli de acentuar, de decir, de modular, rellenar y bordonear con su exquisita mano izquierda, le confirieron un aire especial y distinto a su orquesta y a la ejecución de los temas. Él llevaba al conjunto con rienda corta, sin permitir extralimitaciones en las prestaciones de sus músicos, que estaban plenamente compenetrados con ese estilo inconfundible que siempre lo distinguió. Una marcación sencilla como premisa. Pero, ¡qué sencillez magistral!
                               


Es cierto que al principio y debido a su admiración por Osvaldo Fresedo, algo se le pegó del maestro de La Paternal, sobre todo en su modalidad cuerdística y la exclusión de todo tipo de solos y variaciones de los bandoneones . Por algo le diría una noche de 1932 a Aníbal Troilo, que llegó a admirarlo profundamente, "Yo te llevaría a mi orquesta pero hacés demasiados firuletes..."

Emilio Brameri, pianista, violinista y acordeonista del barrio de Barracas, fue el hombre elegido por el maestro Di Sarli para que hiciera las escrituras orquestales durante largos años.

En toda la discografía del maestro de Bahía Blanca, hay un solo tema en el cual introduce la variación de bandoneones. Las variaciones son el pasajes de notas armonizadas contrapuntísticamente a la melodía natural de un tango. Generalmente están destinadas a la fila de bandoneones y un buen milonguero sabe sacarle el jugo a ese bocatto di cardinali, pero Di Sarli siempre prefirió encargárselas a los violines, pese a contar en sus filas con algunos fueyes de lujo como Julián Plaza, Libertella o Leopoldo Federico, que no se adaptó al estilo de la orquesta y se marchó rápido.

Este recurso clásico en la versión instrumental del tango, se lo confió el maestro a sus fueyes en el tango de Villoldo El choclo, que grabará en 1953 y repetirá al año siguiente.

                                                   

Las variaciones citadas, que son hermosas, las escribió el por entonces primer bandoneón de su orquesta, Federico Scorticati, que estuvo junto al maestro desde 1943 a 1956. Conocido naturalmente por Freddy, estudió el bandoneón con Arturo Bernstein y desarrolló una prolífica carrera desde sus talentosos 15 años en las orquestas de Roberto Firpo, Cayetano Puglisi, en varias formaciones y en toda la trayectoria de la Típica Víctor que dirigió varios años. Tuvo incluso su propia orquesta.Ha sido uno de los grandes fueyes con que ha contado el tango a lo largo de su historia.

La ocurrencia de Freddy Scorticati convenció al maestro y el resultado no pudo ser mejor, como podemos comprobarlo una vez más, escuchando la citada grabación.

11- El choclo- Carlos Di Sarli


jueves, 25 de abril de 2013

Pedro Maffia

Su nombre impone un antes y un después en la historia del tango. Por todo lo que representó su enorme talento para manejar el bandoneón, y un estilo que fue básico para tantos bandoneonistas que vinieron detrás suyo en el tiempo, como el caso de Aníbal Troilo.

Su peculiar modo de ejecución, su postura firme sin aspavientos, el cuerpo erguido, soldado al respaldo de la silla, con su espalda, muslos y piernas unidas y en invariable ángulo recto, rodillas y pies juntos sin separarse. Los brazos siempre pegados al torso, únicamente los dedos deslizándose sabiamente por la botonera, eran los artífices de expresar la música.
                             
Con él se terminaría la vieja modalidad de tocar "a la verdulera", la modalidad de estirar al máximo el fueye y flexionarlo aparatosamente. Nunca le hizo falta moverlo demasiado, porque con su destreza y conocimientos musicales, le bastaba para arrancarle al instrumento el sonido deseado, sin alardes. Es la escuela que había inaugurado años antes el alemán Bernstein. Sólo en alguna vena del cuello hinchada, o en los músculos tensos del cuello podía adivinarse ese fuego interior que lo impulsaba.

Con esa especie de liviana maestría fue atravesando los distintos mojones que lo llevarían al pináculo de la fama entre sus colegas. Pocos sabían que esa categoría le venía dada por el aprendizaje del piano. El padre, que siempre tuvo bares, almacenes, mercados y negocios divesos, viendo su predisposición por la música, lo inscribió en el Conservatorio Williams y en seis años de estudio, saltándose por adelantado y dedicación los distintos libros, egresó como profesor de música y solfeo.
                                                                                                 
Su progenitor cambiaba constantemente de barrio y de negocio, pero uno de ellos lo hechizó. Era un nuevo bar ubicado en el barrio de Flores, al cual concurrían por las noches celebrados payadores, bandoneonistas, cupleteros, "algo así como un teatro de barrio", diría después. En otro anterior que tuvieron en Floresta,  había conocido a los famosos payadores: José Betinotti, Gabino Ezeiza, Higinio Cazón. Pedro era una criatura y los escuchaba cantar en esas noches mágicas y los veía como seres sobrenaturales. Así fue formando su espíritu.

En el boliche de Flores, una noche se le ocurrió a un hombre de Mataderos rifar un bandoneón, y costaba un peso cada rifa. El destino quiso que lo ganara la madre de Pedro y entró el bandoneón en su vida de la manera más inesperada. Tenía 65 voces entre la mano derecha y los bajos. Pedrito a sus 11 años, estaba inmerso en el estudio del piano y su madre le preguntó: "¿No querés estudiar el bandoneón?". La respuesta positiva del niño fue inmediata.

El padre había escuchado a un bandoneonista llamado Pepín Piazza en el café La morocha de Corrientes y Río de Janeiro y lo había entusiasmado tanto, que hasta allí llevaría a Pedrito, quien quedó maravillado de las cosas que hacía Pepín con ese instrumento y se esfumó su amor por el piano, cosa que le transmitió a su padre. Éste se enojó al principio, pero terminó cediendo a su elección y lo anotó como alumno de Piazza, que le daba clases nocturnas. El nuevo alumno llegaba antes que los demás y se iba después de ellos. Al año, Pepín le dijo a su padre: "No puedo enseñarle más, si sigue acá, dentro de poco me va a enseñar él a mí". 
                                                                                              
A los 13 años iniciaría su carrera artística, tocando en casas de baile y su ascenso fue imparable. Incluso se escapó de la casa y anduvo exhibiendo su eximio manejo del fueye por distintos burdeles, locales de baile y bares en pueblos bonaerenses, hasta que la policía, por orden de su padre, lo devolvió al hogar. Pedro se dió cuenta de que los estudios del piano le permitieron un manejo que los demás desconocían, dado que no había métodos para estudiar el bandoneón. Y día que tuvo el fueye de 71 voces, que le compró su padre porque había "perdido" el otro, su prestigio creció velozmente.

El dúo legendario: Pedro Maffia y Pedro Laurenz
Con 19 años se sentaría junto a otro crack: Luis Petrucelli, en la orquesta del "Gallego" Martínez. Esa dupla se entendería a las mil maravillas. Compartirían fila en varias orquestas y serían junto a Francisco De Caro la base del futuro Sexteto revolucionario de Julio De Caro, que todos los músicos que apuntaban al futuro, irían a escuchar. Cuando se retiró Petrucelli, un novel Pedro Laurenz ocupó su sitio y esa dupla de bandoneones ocupa un lugar preponderante en la historia, por su genialidad. Juntos hicieron un tema; Amurado, con letra del violinista y poeta José De Grandis, al que le otorgaron el don de la inmortalidad.
                                                     

Maffia tuvo su propia orquesta, y compuso unos temas de enorme peso. De entre ellos destaco a: Taconeando, La mariposa, Pelele, No aflojes, Pura maña, Diablito, Noche de Reyes, Cornetín, Abandono, Pobre gallo bataraz, ¿Porque no has venido?, Se muere de amor, Sentencia, Te aconsejo que me olvides, Tiny (con Julio De Caro), Turbión. Obviamente, en colaboración con poetas, muchos de estos.

Podemos escucharlo con su orquesta interpretando: Tiny, el tango que realizó con Julio De Caro y dedicó a un caballo con ese nombre, dado que era asiduo al hipódromo.Y a continuación, también con su conjunto y el cantor Luis Díaz, en el tango de Augusto Gentile y Enrique Dizeo, Romántico bulincito, grabado en 1930.

 Tiny - Pedro Maffia

18- Romántico bulincito- P.Maffia-Luis Díaz








miércoles, 24 de abril de 2013

El motivo (Pobre paica)

Este hermosísimo tango de Juan Carlos Cobián y Pascual Contursi, lo creó como tango instrumental, el pianista bahiense. Cuando Pascual Contursi se dedicó a introducir la poesía en el tango y tuvo éxito con el primero: Mi noche triste; pasó a ser el principal proveedor de temas para Carlos Gardel.

Carlos Gardel cantando en Radio Caracas en su última y fatal gira
Después de aquel tema, Contursi sobre músicas ya existentes, fue creando De vuelta al Bulín, Ivette, Pobre Paica y Que querés con esa cara ( La guitarrita, compuesto por Eduardo Arolas y dedicado a Mario Pardo), temas que Gardel llevaría a la placa impresa entre los años 1917 y 1920.

Pobre paica lo había compuesto Cobián en 1914 e incluso lo había tocado Eduardo Arolas. El gran pianista autorizó a Contursi a ponerle versos para que pudiera cantarlo el Morocho del Abasto. Éste lo grabaría acompañado en guitarra por el Negro José Ricardo.

Con el paso del tiempo y merced a una operación de lifthing poético, Pobre paica se convertirá en El motivo, luego de la intervención de Enrique Cadícamo que le inserta una nueva letra, a pedido de Cobián, con la aquiescencia de José María Contursi, hijo de Pascual.

Desde entonces El motivo ha tenido infinidad de intérpretes que lo han acogido en su repertorio, y ha alcanzado un merecidísimo éxito, tanto en la faz instrumental como en la cantada.

                                                           


Para poder apreciar ese enorme salto en el tiempo, escuchamos Pobre Paica por Gardel en esta grabación de 1920 y luego, ya con el título definitivo de El motivo, registrado por Alberto Marino con su propia orquesta, dirigida por Emilio Balcarce, en 1947.

24- Carlos Gardel- Pobre paica

El motivo -Osvaldo Pugliese

martes, 23 de abril de 2013

Alejandra Sabena

Esta querida amiga que se vino con sus bagajes de bailarina a Europa, está afincada en Sevilla desde hace años. Allí ha encontrado su lugar en el mundo y allí imparte clases, tiene su propio estudio de baile y también es contratada en diferentes lugares de Europa para apreciar su arte.

Alejandra tiene estudios de danza y ello, agregado a su amor por el tango y un nutriente proceso de destilación,  la ha llevado al sitial que ocupa en estos momentos, por méritos propios.

Espoleada por la libertad en que la embarca el tango, se hace partícipe de su creación y la lleva a vivirlo con total intensidad. Su baile es profundo, intenso, pasional, con esa geografía emocional asentada en la proximidad y el contacto con la pareja.

                                       

Hace unos días estuvo invitada en la Córdoba morisca y además de dictar unas clases, realizó exhibiciones junto al bailarín Aaron Espinar.

En este hermoso sitio que veremos a continuación, bailaron el tango, El andariego, compuesto por Alfredo Gobbi para homenajear a su padre, que salió de la ciudad uruguaya de Paysandú y recorrió el mundo llevando el tango de los inicios.

La misma Alejandra medita en voz alta:


-La magia sucede en el momento menos esperado, no la puedes crear, ni buscar, y por más que la desees, solo la música te puede mostrar el camino..., el perfume embriaga y el tacto acelera las pulsaciones mientras el abrazo armoniza y contiene, hasta que de pronto te envuelve y...Tango.

La vemos en esos momentos en que la pareja se mueve entre los fantasmas que pueblan ese recinto.



                                                 

                               

lunes, 22 de abril de 2013

Estrellas de Buenos Aires

En aquella ciudad que se respiraba, se cantaba, se tocaba y se oía tango a todas horas, se formaban orquestas nuevas, se desgajaban músicos de un conjunto para injertarse en otro o para constituir orquesta propia, los cantores pasaban de una a otra, pero Pugliese seguía siendo Pugliese, Di Sarli ídem, Troilo, D'Arienzo, Salgán, Tanturi, continuaban teniendo su hinchada propia.

También se juntaban diferentes músicos para grabar porque había gran demanda, las emisoras se encargaban de promocionar los nuevos discos, y entonces se formaban Tríos, Cuartetos o Quintetos que ensayaban febrilmente en sus ratos libres, arreglaban los temas escogidos, los orquestaban y lograban en muchos casos, un resultado muy bueno.

Por ejemplo este Cuarteto de la Estrellas que tuvo vida efímera, lo integraban Jorge Caldara (bandoneón), Armando Cupo (piano), Hugo Baralis (violín) y Kicho Díaz (contrabajo). En 1960 realizaron un disco con 12 temas que les sirvió incluso de plataforma para realizar giras de corto recorrido por el Pacífico.
                                       
Kicho Díaz, Hugo Baralis, Armando Cupo y Jorge Caldara

Caldara tenía entonces su propia orquesta, después de haber sido segundo bandoneón de Pugliese durante diez años, conformando un inolvidable dúo con Osvaldo Ruggiero, que hacían rugir a sus fans cuando agitaban las melenas en las variaciones, junto a Gilardi y Castagniaro. Además dejó en los atriles de Pugliese temas suyos como Patético (1948), Pastoral y Pasional (1951) y Por pecadora (1952). Estos dos últimos, realizados con el presentador de la orquesta, Mario Soto, fueron caballito de batalla triunfal del Flaco Morán.

Cupo tuvo una larga vida dentro  del tango, reemplazó muchas veces a Pugliese en la orquesta, cuando Don Osvaldo estaba engrillado por su ideas políticas. Acompañó a Alberto Morán cuando éste formó rancho propio, alejándose de la orquesta de Pugliese y lo disfruté inifinidad de noches en la Confitería Montecarlo, de Corrientes y Libertad. Allí lo conocí y lo traté a Cupo, excelente pianista que se amoldaba a todos los estilos y destacaba por su calidad.

Hugo Baralis fue un violinista de postín, hijo de otro destacado ejecutante del contrabajo y formó parte de la primera orquesta de Troilo, se anotó en varias conjuntos de jerarquía e incluso grabó con Piazzolla cuando éste comenzó su revolución interna, y dejaron su sello en el Octeto Buenos Aires. Igual que Caldara, viajó varias veces a Japón y estuvo en numerososas orquestas.
                                           

Enrique Kicho Díaz se constituyó en una figura legendaria del tango. Fue alma máter de la orquesta de Troilo, y el mismo Piazzolla que lo llevaría con él, decía que "Kicho es capaz de sostener por sí sólo a una orquesta". Y lo llevó a varias de sus formaciones. Tocó el contrabajo con Mores , con Demare y distintas orquestas.

El resultado del rejunte entre estas cuatro grandes figuras del tango, lo podemos ver en dos de los temas que grabaron: Quejas de bandoneón, en arreglo  de Caldara, y el valsecito que Feliciano Brunelli ideó en la casa de Elvino Vardaro y se lo dedicó a la hermana de éste: Ilusión de mi vida, con arreglo de Armando Cupo.

08- Quejas de Bandoneón - Estrellas de Bs. As.

10 - Ilusión de mi vida - Estrellas Bs.As.


domingo, 21 de abril de 2013

Edmundo Rivero y sus historias

Los que tuvimos la suerte de alcanzar a conocer la Corrientes tanguera, el centro porteño donde se cocinaba la música popular de Buenos Aires, bailar en las confiterías céntricas con aquellas orquestas o verlas actuar, sentir aquella ansiedad romántica que jugaba su desvelo a la aventura, nos sentimos reconfortados e identificados con lecturas que reflejan ese rumor de época. Por eso hoy lo traigo al gran Edmundo Rivero que en su libro autobiográfico reseña viejas anécdotas. Como ésta por ejemplo:

                                                         
Horacio Salgán y Edmundo Rivero. Ernesto Baffa en el fueye


Toda esa increíble fiesta

Parecía que ninguna fuerza del mundo fuera capaz de parar la música en la calle Corrientes de aquellos años. Era la fiesta de las fiestas: la noche tenía toda una corte de arlequines y polichinelas, de colombinas y marquesas, de príncipes engañosos y de payasos sinceros. Eran los últimos años del cabaret al viejo estilo, de la milonga. Buenos Aires los despedía con todos los honores.
       Mi debut con Troilo fue en el Tibidabo, en plena avenida; uno de los tres mayores cabarotes de la época. Los otros dos fueron el Chantecler y el Marabú, que estaban pegados a Corrientes pero en transversales: el primero en Paraná y el otro en Maipú, como marcando fronteras al norte y al sur.
      En todos lados el rey era el tango. Aun cuando compartiera los escenarios ocasionalmente con orquestas de otros géneros, ni por asomo le podían restar público ni aplausos. Había tango hasta de día, casi en cada puerta de Corrientes. Además del viejo Nacional, florecían Tango Bar, Marzotto, La Armonía, boliches exclusivamente tangueros. Cada uno tenía su propio público, cada orquesta sus propios y seguidores hinchas y lo mismo sucedía a veces con los cantores o con algunos instrumentistas.
      Entre tanto prócer que vieron aquellos años, figuras que hasta hoy siguen brillando, había también casos pintorescos, personajes que buscaban la atención del enorme público tanguero, pero por medios extraños. entre ellos recuerdo tres cantores: el de la voz de acero, el cantor sin piernas y el cantor gorila.
      El de la voz siderúrgica era, según él, quien tenía el record de permanencia en el canto. Decía poder atormentar a la gente un día seguido, pero creo que nunca encontró interesados. Una vez le siguieron el tren en el Tango Bar y le dijeron que pidiera el tipo de acompañamiento. se despachó con poco: 40 guitarristas, eso sí, 20 vestidos de smoking negro y 20 de blanco. Se lo prometieron y le aseguraron que la prueba se iba a transmitir por onda larga, corta y "cortita".
      Allí mismo, en el Tango Bar, en una noche medio de "entre casa", lo dejaron subir al palco y cantar. Durante toda la pieza tenía la mano derecha escondida detrás de la espalda y, al terminar, hacía aparecer un globo. Inmediatamente, para sorpresa de todos, lo pinchaba. Según él era una manera de hacer saber que había concluido, una especie de "Fin", pero audiovisual. El cantor de la voz de acero era un precursor.
      Lo malo fue que esa vez, no hubo modo de hacerle entender la broma y quería cobrar. Le habían hecho un contrato de grupo y pretendió hacerlo valer en la comisaría. Después le explicaba a Troilo: "Yo sé que usted me anda buscando, pero no quiero sacarle el pan a ese muchacho Rivero, tiene tres hijos..."
      El cantor sin piernas era más sencillito, auténtico. Lo único malo es que le gustaba entrar en escena haciendo bandera. El gran efecto lo daba al aparecer a toda velocidad en uno de esos carritos hechos con madera y rulemanes, una especie de patineta que hacía avanzar como remando con dos tacos. Tomaba envión entre cajas, giraba, y en cierto momento parecía que se iba a caer del escenario, pero no. Había un tope de goma que el público no veía, en el que el carrito topaba siempre. Mejor dicho, casi siempre, porque una noche le hicieron el mal chiste de retirarle el taco de goma. Mejor no contar más...
      Otro famoso fue el gorila, también un semiinválido por parálisis de piernas, que había descubierto su yeite. Entraba vestido con un casi perfecto disfraz de gran mono, descolgándose desde lo alto de La Armonía por medio de una soga que habían disfrazado también, pero de liana. Muchos lo deben recordar; incluso no cantaba mal el "gorila", pero lo memorable era aquella aparición que, no hace falta decirlo, no tenía un pito que ver con lo que el hombre venía a decir después: la historia de Estercita o de Ladrillo.
      Qué importaba. Creánme que de veras, por esos años, Corrientes daba para todo.

                                                                                                 Edmundo Rivero

                                         


Y después de esta genial pintura de la Corrientes noctámbula por parte de uno de los más grandes intérpretes que ha dado el tango, nada mejor que escucharlo cantar a él. En primer término, con el Trío de Ernesto Baffa, el tango de Homero Manzi y Hugo Gutiérrez: Torrente, que grabaron en 1980. Y a continuación, el vals de Enrique Maciel y Enrique Pedro Maroni: Por una mujer. Lo grabó acompañado por guitarras, el 5 de agosto de 1953.


Torrente - Rivero-Trío Baffa.

Por una mujer - E. Rivero con guitarras
     

sábado, 20 de abril de 2013

Ángel Vargas

Pocos intérpretes del tango han tenido ese deje nostálgico que siempre transmitió este cantor del Parque Patricios silvestre, donde se crió.

Me parece estar viéndolo, pegado al micrófono, entonando con su media voz acariciante, esa actitud tan romántica, como los artistas verdaderos que van más allá de la técnica y derraman esas sugerencias emocionales de la música: el afligido verso, la pintura cromática del tiempo ido, las frustraciones existenciales.

                 
En su debut con Del Piano rodeado por Piazzolla, Pontier, Insúa, Berón, Rufino, Campoamor, Rótulo y músicos.

En su disimulada virtuosidad hay un aroma de barrio que impregna todo con un arte ornamentado, y como tal, transido de melancolía. Paul Gaughin, el gran pintor del post impresionismo francés decía metafóricamente: "Cierro los ojos para ver". Y así lo escucho en esta mañana madrileña, en que me siento transportado a un tiempo adolescente, romántico y dulzón.

Angelito Vargas (José Lomio) es, junto a Ängel D'Agostino, uno de los grandes referentes de la maravillosa y fecunda década del cuarenta que después de tantos años sigue dando frutos maravillosos, invadiendo pistas de baile, audiciones radiales, discotecas, en el inmenso edificio del recuerdo. Es como la representación de la vida y sus evanescentes retornos.

                                       


En su día le dediqué este soneto para un libro de poemas y es como lo veo, en la plasmación, fuga y detención del tiempo:




 ANGEL VARGAS
                                                                                           “jilguero criollo que pulsó
                                                                                             la humilde musa de percal…”
                                                                                                       Enrique Cadícamo
                                                                         

Lo tuyo no fue el canto desgarrado,
era un fraseo cordial de claro acento,
un medio tono cercano, chamuyado,
compadre y familiar, sin espamento.

Dos ángeles de acento milonguero:
La cadencia de ritmo acompasado
y el trino posta de pájaro jaulero,
relucen en cualquier embaldosado.

El disco surca tu grata voz que invita
y me devuelve aquel perfume añejo
del yotivenco y alguna antigua cita.

La sintonía me acerca desde lejos
a corralones, malvón, la Santa Rita
y el cuore vuela a mi rioba de pendejo.

                                             jmo


En sus idas y venidas de la orquesta de D'Agostino, cantó secundado por conjuntos dirigidos sucesivamente por Eduardo Del Piano, el Trío de Alejandro Scarpino, Armando Lacava, Edelmiro Toto D'Amario, Daniel Lomuto, Luis Stazo y José Libertella. Todos ellos bandoneonistas y no es casualidad, sino una necesidad cómplice del intérprete. 

Anteriormente a formar en la orquesta de D'Agostino, había estado con José Luis Padula, con la Típica Víctor que dirigía otro gran fueye: Federico Scorticati y en la cual ya formaba Eduardo Del Piano; y también grabó acompañado con guitarras.

Hoy lo traigo con estos temas: Tanto, de Elías Randal y Carlos Bahr, (7 de febrero de 1949), acompañado por la orquesta de Eduardo Del Piano. Era en otro Buenos Aires, de Fernando Montoni y Horacio Sanguinetti (5 de mayo de 1952), con el acompañamiento de Armando Lacava y su orquesta. Y el citado poema, recitado por Ángel Yonadi, el baqueano de Mataderos, con el fondo de Vargas en Cantando olvidaré, de D'Agostino y José Fernández.











viernes, 19 de abril de 2013

Madreselva

Este tango de Francisco Canaro y Luis César Amadori, lo compuso inicialmente Canaro en forma instrumental y lo tituló La polla. Lo grabó ese mismo año de la creación: 1916, con su conjunto. Se refiere el título a la tradicional Polla de potrillos que se corre en el Hipódromo de Palermo o San Isidro, todos los años: una carrera de 1000 metros en la cual debutan los postrillos de 2 años.

                                 

En sus Memorias, (pag. 198/199) Pirincho cuenta que en 1930 estrenó el famoso vals "Yo no sé que me han tus ojos", de su exclusiva auoría con enorme éxito, y al poco tiempo comenzó a sentirse mal, por lo cual visitó a varios médicos que no le encontraban remedio a sus problemas. Como al final el doctor Salomón, que lo atendía, le dijo que no tenía nada, resolvió irse a Rosario de la Frontera, a descansar con su señora y a tomar baños termales.

                                       
Año 1907. Feliciano Herrera, Canaro, Victorio Cejas y José Camarano en el Jardín Zoológico


-Antes de partir para las Termas me había encontrado con luis César Amadrori, destacado director cinematográfico y empresario del Teatro Maipo, donde actuaba una compañía de revistas, quien me pidió que le hiciera un tango para que él le pusiera la letra, y hacerlo cantar con la conocida cancionista Tania. Yo tengo uno escrito -le dije-, y creo que le va a venir bien; pero quiero que le ponga una letra bien que no sea arrabalera ni campera; que sea una letra bien porteña...

-Y así fue; le djé la partitura del tango y me fuí para Rosario de la Frontera, donde pasé un par de meses sin enterarme de lo que pasaba en Buenos Aires, sin leer diarios, en absoluto; únicamente le escribía a mi viejo amigo Miguel Bucino, que era mi secretario y hombre de confianza...Al llegar a la Capital, recién me enteré que el tango que le había dejado a Amadori para ponerle la letra, era ya un excepcional éxito, pues lo había estrenado Tania. Se titulaba "Madreselva" y es oportuno destacar que Amadori le había escrito una letra hermosa.

Efectivamente el estreno de Tania, discurrió entre rotundos aplausos el 28 de agosto de 1931, y ese mismo año lo grabó en la Columbia con la orquesta de Alberto Castellano, dejando de lado la tercera parte del tema original. El 2 de noviembre de 1931 lo registra el propio Canaro con el aporte vocal de Charlo. Y ese mismo día lo graba con Ada Falcón en el canto. Y también lo hace Carlos Gardel, en una serie de grabaciones que realizó con la orquesta de Canaro, en los altos del Cine Grand Splendid, el 27 de diciembre del mismo año.

Pero el gran espaldarazo le llegaría en 1938, cuando Amadori dirige la película del mismo nombre con la actuación estelar de Libertad Lamarque y Hugo del Carril en los papeles principales. El filme tiene guión del propio Amadori con colaboración de Ivo Pelay y se estrena el 5 de Octubre de 1938. La maravillosa interpretación de Libertad, del tango de Canaro y Amadori es el broche de oro que necesitaba esta incombustible página, reforzada con la repecusión de la película.

Retrocedemos en el tiempo y encontramos al conjunto del violinista Peregrino Paulos, que grabó a finales de la década de 1910, el tango La polla. Y ya transformado en Madreselva, lo escuchamos por su autor, Francisco Canaro, con su orquesta y la inconfundible voz de Charlo.

La polla - Peregrino Paulos

Madreselva - Canaro-Charlo


miércoles, 17 de abril de 2013

Nocturno a mi barrio

Este poema tan difundido de Aníbal Troilo, lo escribió Pichuco en 1956. Pensaba estrenarlo en Radio El Mundo con su orquesta, acompañando al actor Santiago Arrieta.

Lo había ideado mientras estaba internado para una cura de sueño, a la que lo habían impelido su esposa, Zita, y el doctor Carlos Márquez, en la Clínica de este último. Todo un mes quedó internado para curarlo de sus excesos y los problemas que ya empezaban a perseguirlo. Lamentablemente, Pichuco era así...así...así..., y resultaba muy difícil controlarlo en las lungas madrugadas.

                               
Cuarteto de Troilo. Berlinghieri reemplazó a Colángelo.
Para muchos fue una sorpresa cuando reapareció un día en público y se le dio por recitar el poema y grabarlo luego, acompañado por Ubaldo De Lío en guitarra. Ubaldo recordaba aquel día porque le dijo que se llevara a Aníbal Arias a su cuarteto con Colángelo y Del Bagno, en lugar suyo, porque él ya no podía hacerlo. Y la anécdota del cierre del disco que tenían que efectuar: "Teníamos que elegir el cierre del disco, pero el gordo ya tenía reuma en la mano derecha y no sabíamos qué poner. A mí me gustaba todo lo que hacía, hasta como hablaba, me quedaba horas escuchándolo mientras comíamos en Pippo (en la calle Montevideo). Ahí le dije:

-Gordo, ¿porqué no grabamos eso que recitás siempre del "Carbuña de la esquina"?". Y yo no recordaba el título y que era de él. El gordo recitaba bien, recuerdo que una noche fuimos con la viola a la calle Chacabuco, él, Zita y yo, a la casa de un gomía que había sido quinielero, que estaba en la cama, fusilado.
-Sacá la viola, haceme algo en re menor, me dijo Troilo...
-Así eran nuestras noches. Un día me hizo ir con la guitarra española a la casa y ensayamos.
-Hasta acá -dijo-, después arreglate, yo voy a recitar.
Al otro día fuimos y lo grabamos. Me quedé tranquilo porque el L.P. quedó grabado con la voz de Pichuco.

Troilo de pibe con  el padre de Yacumín, "el carbuña de la esquina".
 Y Ubaldo sigue tirando del hilo:
-Todas las noches nos juntábamos (después del Odeón) en el Bachín viejo de la calle Sarmiento: Ciriaco, Pichuco, Rivero, Horacio Salgán. Venía Alfredito Gobbi... Una noche, en la estantería, había dos filas de botellas (70/80 botellas); un primo de  Agustín Irusta era mozo y el gordo le pregunta por las botellas y le hace bajar una (eran Rincón famoso). A la semana no había más botellas...

                               
Troilo, Rufino, Salgán, Ciriaco, Rivero, Julia y Lalo Bello en el Odeón

Aquiles Giacometti, que por entonces era Director artístico de RCA Víctor, recuerda aquella grabación: "Se lo escucha con su reconocible voz ronca, entre triste y enojado. Lo interpretó en un clima "de aliento contenido", con una carga de emoción, como cuando se presiente que algo muy importante está por suceder"...Troilo tocaba el fueye y recita y suena la guitarra de De Lío.

Quienes alternaban a diario con él, sabían que le gustaba canturrear y recitar. Por algo decía que "no se trata de ser poeta, sino de vivir en estado de poesía".

Recordar, escuchar, ver a Troilo en viejas grabaciones, escenas de películas, de actuaciones en Teatros, en televisión, es echarle un ancla a la emoción de haberlo conocido, de escuchar ese fueye que chamuyaba bajito pero llegaba con una hondura tal, que a veces ponía carne de gallina.
                                        
Pichuco canta, acompañándose al fueye. José Froilán González y Fangio lo admiran.
                                                    
Tantas noches de Radio El Mundo, de milongas,  de Caño 14, de Relieve, de Re Fa Si de Mar del Plata en las cuales también estaba Piazzolla con su grupo; del 17 de agosto de 1972 en el Teatro Colón, con Horacio Salgán , Florindo Sassone, el Polaco Goyeneche, el Sexteto Tango, Edmundo Rivero y el Conjunto 9 de Piazzolla. Y Pichuco con su orquesta y la gente ovacionándolo de pie. Inolvidables todas esas noches en que lo disfruté en vivo. O en alguna mesa noctámbula con Julián Centeya y con otros amigos. En Avellaneda tenía muchos gomías bravos. Gente de la noche.

Hoy lo rescato en esta aparición suya en la exitosísima serie de televisión. Rolando Rivas taxista. Acompañado por Aníbal Arias, recitando su poema, y haciendo poesía con el fueye. No hay más que ver la cara de todos los artistas. A Beba Bidart parece que se le va a escapar algún lagrimón. Guillermo Rico, García Satur, todos anhelantes, envueltos en la magia del momento.Vale la pena recrearlo una y otra vez.
 


Nocturno a mi barrio

Mi barrio era así,
Así…así… así.
Es decir,
qué se yo si era así.
Pero yo me lo acuerdo así:
con Yacumín, el carbuña de la esquina,
que tenía las hornallas llenas de hollín
y que jugó siempre de jas izquierdo
al lado mío, siempre, siempre…
tal vez pa’estar más cerca de mi corazón.

Alguien dijo una vez
que yo me fui de mi barrio.
Cuándo?... Pero cuándo?...
si siempre estoy llegando.
Y si una vez me olvidé,
las estrellas de la esquina
de la casa de mi vieja,
titilando como si fueran manos amigas
me dijeron: Gordo…Gordo,

quedate aquí… quedate aquí.