jueves, 19 de diciembre de 2013

Imperio Argentina

Aunque fue una gloria del cine y la copla en España y Europa, su apellido artístico reveló no sólo su origen, sino incluso su sensación de pertenencia a un país que la vio nacer física y artísticamente. En la calle Chacabuco 1440 - entre Brasil y Garay- , pleno barrio de San Telmo, vio la luz esta estrella que era hija de un mecánico que también bordaba la guitarra y una malagueña, cantante y bailaora.

Fue nada menos que Jacinto Benavente que la conoció en Lima -Perú- siendo una niña y la vio moverse y cantar en un escenario, quien sugirió a sus padres que la llevasen de vuelta a España, y le pusieran ese nombre, en homenaje a Pastora Imperio y la gran Antonia Mercé, La argentina, ambas también nacidas en Buenos Aires, como más tarde lo sería La argentinita. O Lola Membrives.

                                     


Cuando era apenas una niña, se presentó en el Café La Armonía en la Avenida de Mayo y Bernardo de Irigoyen, conocido también  como el café de Los Cómicos por lo artistas que concurrían a tomar su chocolate con churros luego de las funciones respectivas. Y Magdalena Nile del Río -su verdadero nombre-, entusiasmaba a todos ellos cantando La morocha, Ivette o Flor de fango.

Antes de que ella y su familia -que la llamaban Malena-, imaginaran su destino de estrella, la piba de San Telmo se divertía correteando por el vecino Parque Lezama con su hermana Antonia, como me contó en el año 1999, cuando la invité a Madrid para entregarle un premio. Tenía 13 años al regresar sus padres a España llevándolas con ellos. Y en Madrid debutaría en el Teatro Romea, de la calle Carretas, dos años más tarde, y marcó su destino de forma inmediata.

                                                 


Mucho se ha rumoreado sobre la atracción que sentían por ella Hitler y Goebbels que la invitaron a interpretar en Alemania el papel de Carmen, pero ella se marchó del país germano horrorizada por la barbarie contra los judíos. En su larga carrera filmó 22 películas, 3 de ellas en Buenos Aires a la que volvió en 1947 y en los cincuenta. Incluso cantó acompañada por la orquesta de Francisco Canaro en el recordado programa que auspiciaba Jabón Federal y por el que desfilaron tantas estrellas extranjeras.  Y hasta participó en la inauguración de la televisión argentina.

                                 


En una de las charlas telefónicas que tuvimos para que viniera al homenaje, hablamos mucho de tango y me canturreó Sombras nada más, enterita, a palo seco. Emocionante. Hablamos de Gardel, claro y mucho. Para ella no era expresamente un actor, cuando trabajaron juntos en el cortometraje La casa es seria -octubre 1932-, y la película Melodía de arrabal -octubre-noviembre 1932-.
-Tenía un ángel especial -recordaba- aunque no supiese moverse en escena, pero cuando la cámara lo enfocaba era otra persona, lo llenaba todo. Un artista de los pies a la cabeza.

Repetía lo que tantas veces escuchamos: "Le gustaba comer de todo. Vicente Padula, que trabajaba en las películas hacía asados y pucheros de locura que devorábamos entre todos. Además, Carlos  se volvía loco por las pastas. Le dije que le convenía bajar de peso, porque tenía  grandes posibilidades en el cine y la pantalla agrandaba la imagen. Entonces se puso medio a régimen y adelgazó 15 kilos. Cuando nos despedimos me llenó a besos y me deseó toda la suerte del mundo.".

                                   


También elogiaba su personalidad y caballerosidad. Se enteró de su trágica muerte estando en un hotel de París  y tuvo que sentarse para no caerse, de la impresión. Admirada por Hitler o Franco, guardaba un dibujo de un joven abogado cubano que con el tiempo sería muy famoso en el mundo: Fidel Castro. Era muy conversadora, tenía la risa a flor de labios y le encantaba  que yo le dijera que curiosamente, después de tantos años conservaba expresiones porteñas que le brotaban con naturalidad. Le contaba que mi madre -asturiana- escuchaba siempre sus canciones andaluzas con devoción, y ella a la vez que me agarraba de ambos brazos y soltaba. "Te agradezco el recuerdo, pero por sobre todas las cosas yo fui cantante de tangos". Y rompía a reir.

Me contaba orgullosamente que era argentina y que seguía manteniendo su pasaporte -pese a las insinuaciones del régimen franquista para nacionalizarse- que renovaba con frecuencia, "por si acaso", y contaba lo que había sido estudiar nada menos que con la Pavlova en el Teatro Colón de pequeña: "me sirvió muchísimo para el resto de mi vida". En 1999, el gobierno español de José María Aznar le concedió la ciudadanía española -sin renunciar a la argentina- cuando contaba 89 años. Fallecería en 2003, y junto con su testamento, le pidió a sus familiares -vivía en Benalmádena, Málaga-, que cuando muriese envolviesen su féretro con la bandera argentina, como así ocurrió. La ciudad de Buenos Aires le había dedicado años antes el título de "Ciudadana ilustre".

                                       


Yo la traigo al blog en el vals Blanca flor, grabado en 1932, que en los créditos del disco atribuyen a Agustín Magaldi, aunque en realidad le pertenece a Francisco Bianco (Pancho Cueva), ese payador que cantara con Eduardo Arolas y fuera amigo de la infancia de Gardel.

05- Blanca flor - Imperio Argentina

                           


Y también la vemos a sus 22 floridos años cantando a dúo con Carlitos, la canción de Gardel, Le Pera y Batistella: Mañanita de sol. Pertenece a la película: Melodía de arrabal. Belleza.

                                             



  




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