viernes, 25 de octubre de 2013

Julio Ahumada

Este bandoneonista y arreglador rosarino, cuyo nombre no alcanzó la resonancia popular adecuada a sus méritos, fue en cambio un profesional sumamente respetado y admirado por muchos de sus colegas.

Llegó de su ciudad natal con otro fueye que también haría pata ancha en el círculo grande del tango de los cuarenta: Antonio Ríos. Ambos se habían iniciado en la orquesta del Canaro rosarino: Abel Bedrune, por cuya formación pasaron varios músicos importantes de la zona.

                                               

Ahumada había terminado el servicio militar y lo mandó llamar su amigo Ríos. Recordaba el primero que vivían los dos en una pieza en Moreno y Piedras y dormían en el suelo. Luego, en los setenta,  le contaría a Horacio Ferrer la historia de la Pensión La Alegría de la calle Salta 321, donde encontrarían refugio tantos valores de esa época que llegaban con toda su ilusión a la Capital para enrolarse en la gran cantidad de orquestas de primera línea que necesitaban músicos.

-Después dimos con la Pensión famosa. Era de Don Humberto Cerino, un tipo de ésos que ya no hay, la verdad. Pagábamos 65 pesos mensuales, ¡con pensión completa! En ocasiones conforme íbamos cobrando en la radio o en los bailes, le entregábamos a cuenta 40 o 50 pesos. Él respondía: "Guardalos pibe, te vas a quedar seco..". Un fenómeno Don Humberto.

Semitapado por la batuta de Balcarce, acompañando a Castillo

-Después fueron llegando los demás: Ríos y yo en una habitación; Barbato y Stamponi en otra; Suárez Villanueva con Tití Rossi en la de más allá; ...y el Gordo Francini, Trivizi, Parodi, San Miguel, Howard, Scorticatti, y qué sé yo cuántos más. Pontier, que fumaba de arriba porque la cigarrera de enfrente estaba metida con él y le regalaba los cigarrillos. ¡Ja, ja! Y la victrolera del Café de la esquina de Moreno, codiciada por todos, que íbamos al boliche nada más que para hacer pinta. ¿Quién ganó? Bueno, ésa la gané yo, pero no lo ponga... La comida era cosa seria. Días había en que poníamos diez centavos por cabeza y Nieves, la mujer de Cerino, iba a comprar un paquete de lentejas ¡grande así! Y comíamos lentejas a morir: Nunca más pude ver una lenteja en mi vida....

-Ah, y el caldo; Cerino y su mujer atesoraban lo que podemos llamar el "hueso oficial" de la pensión. Lo guardaban en una fiambrera, colgada para la veneración de todos los pensionistas en medio del patio. ¡Gran patio, y en el centro...el pobre hueso colgado! Entonces, a la hora de comer, la mujer de Don Humberto lo descolgaba, le daba una zambullida en el agua hirviendo de la olla y ¡Caldo para todos! Después otra vez el huesito a su jaula central. Además de los que vivíamos allí recuerdo a otros. A los que caían a la pensión para pasar una noche. A los que venían a bañarse y trajearse para salir "de golpe". A los que caían a matear como los Expósito y el Indio Galván.  Aquello no era una pensión, ¡una romería era!

Primer bandoneón de Basso. Entre el director y Rovira a su izq.
                                                   
-Y cómo estudiábamos, qué amor por nuestra música, en medio de las locuras y de los chistes terroríficos. Barbato y Stamponi, por ejemplo, se habían alquilado un piano cada uno y Villanueva tenía otro en el jardín de invierno. ¡Estudiaban todos a la vez! Yo estudiaba mi bandoneón acostado en la cama, ¡qué barbaridad! Una tarde, me acuerdo llegó el primer tipo normal que conoció la Pensión. Habló con Cerino, le pidió una pieza. Humberto lo ubicó y el flamante inquilino le pagó un mes por adelantado. A media noche el tipo se fue a dormir. Y al rato entramos a caer nosotros: dale a tres pianos, dos o tres bandoneones, ¡un delirio! A la mañana siguiente, desvelado, con una tremendas ojeras, fue a protestarle a Cerino. ¡Para qué!
-¿Qué esta diciendo -le gritó-. A mí que me importa que usted no pueda dormir. ¡Estos señores son artistas!- Y lo echó, sí lo echó.

-Después, con el tiempo nos fuimos dispersando. Uno que se casó, otro que encontró la buena y se alquiló una casita, qué sé yo: lo de siempre. Pero Salta 321, sí, fue el cuartel general del 40.

Primer bandoneón en la orquesta de Joaquín Do Reyes, Der.

Ahumada, por medio de Ríos encontró al principio, un sitio en la orquesta de Roberto Zerrillo. Pasaría por las de Nicolás Vaccaro, Alberto Soifer, Lucio Demare y Buenos Aires ya hablaba de ese morocho rosarino que hace cosas bárbaras con el fueye. Incluso Troilo lo destacó como de lo mejor que había en el medio. En 1943, ingresa en el conjunto que acompaña a Alberto Castillo y que dirige Emilio Balcarce.

En la orquesta de Miguel Caló destaca junto a una importante y joven vanguardia de bandoneonistas y además Caló le da varias piezas para que haga los arreglos. Ya no paró de trabajar y lo llamaban los directores para darle lustre a sus conjuntos. Joaquín Do Reyes, su amigo Argentino Galván, Artola, Basso, Francini, La Orquesta del Tango de la Ciudad que dirigía Carlos García. Él mismo dirigió varias formaciones y el Maestro Juan José Castro lo contrató como único bandoneonista, en una orquesta  sinfónica de 40 músicos para la "Ópera de tres centavos" que se estrenó en el Teatro Presidente Alvear.

En la Orquesta Ahumada-Bonano
                                              
Falleció joven,  con 53 años. Leopoldo Federico le dedicó su tango: Retrato de Julio Ahumada. En 1983 los japoneses tuvieron la idea de grabar un LP con la Orquesta dirigida por Ahumada.  Intervinieron algunos músicos como Leopoldo Federico, Marconi, Pane, Baralis, Colángelo, el propio Ahumada. Finamente el disco llegó a Buenos Aires y del mismo les ofrezco escuchar dos temas instrumentales, con arreglos especiales. Medianoche, de Alberto Tavarozzi y A Don Agustín Bardi, de Horacio Salgán.

07- Medianoche- Orq. Julio Ahumada

05- A don Agustín Bardi- J. Ahumada

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