jueves, 10 de octubre de 2013

Charlando con D'Agostino

Alguna vez conté que el autor de esa hermosa acuarelita porteña: Tres esquinas (junto a Cadícamo y Attadia en las variaciones), venía a veces al Diario La Razón a buscar a su sobrino, Coco  (Rafael D'Agostino) que cubría con sus compañeros Luis Pedro Toni y el gordo Formento, los chimentos de televisión en la última página de dicho vespertino , donde fuimos compañeros varios años, aunque yo estaba en Deportes. Pero solíamos darnos una vueltita por el Maipo o el El Nacional con Coco y me mataba de risa con sus salidas espontáneas, su caradurismo y su chispa, con vedettes y cómicos.

Ángel D'Agostino era un dandy, siempre de traje, chaleco, corbata y sombrero de ala corta con una plumita. Nos dábamos un garbeo caminando por Florida o , a veces, en tardes-noches calurosas nos sentábamos en la Sidrería La Real, que estaba pegada al diario, en Avenida de Mayo y Piedras, y nos empinábamos un copón de sidra helada, acompañada de sabrosos amarettis.

                                           

Cuando hablábamos del tango lo hacía con cierto distanciamiento al principio, pero luego se largaba a contar cosas y casos y a opinar largo y tendido sobre el tema. Sabía que yo había sido muy milonguero, aunque en ese momento las milongas habían desaparecido y el tango operaba a la baja.

-Parece mentira, pero un género nacional puro, genuino, como el tango, o el mismo folklore, que han sido tremendamente populares, jamás contaron con apoyo alguno de los respectivos gobiernos que hemos tenido y, en general de la gente de la cultura, contrastando con el enorme seguimiento que hemos tenido por parte de la población. El tango está insertado en sectores como el teatro, la radio, el disco, salones, clubes, cafés y en el sentimiento popular. Por eso es contradictorio que nunca haya interesado a los gobernantes que, eso sí, estaban con su frac y sus galas en las temporadas del Colón, aunque no entendieran un pito, ni les interesaran la ópera ni la música clásica.

                                               

-Quizás porque se codeaban con las clases dominantes...-sugería yo.
-Seguro, pero cuando Perón iba al Luna Park a ver pelear a Gatica o a Kid Gavilán, estaba codeándose con lo más puro de la clase popular. Lo uno no tiene porque chocar con lo otro. A mí me gusta la música clásica, cómo no, pero el tango tiene un sabor especial para nosotros.

-Sobre todo para los bailarines...
-¡Hombreee!, el tango nació como danza del pueblo y ha alegrado la vida de muchísima gente. Ha propiciado noviazgos y casamientos, en varias generaciones. Yo mismo he sido bailarín y por eso cuidé mucho el sonido rítmico de mi orquesta, y la musicalidad de los cantores. Ángel Vargas fue todo un ídolo de los bailarines porque cantaba a ritmo, como si fuese un instrumento más de la orquesta y hacíamos los arreglos precisamente para su estilo.

La dupla maravillosa: D'Agostino-Vargas
-Usted ha tenido muy buenos músicos, además, en su orquesta.
-Exactamente. Muy-bu-en-os...Del Piano, Attadia, Holgado Barrio, Del Bagno, De Lorenzo, Perini, Felice, Mori, Spitalnik, Bonano, Weber... Lo cierto es que con todos ellos pude armar la orquesta que yo quería y tocar la música que yo pretendía, y que hacía para satisfacer las necesidades de los bailarines. Curiosamente, cuando se marcharon de mi orquesta, salvo algunos escarceos de Del Piano y de Attadía, no llegaron a triunfar, como directores, pese a sus grandes condiciones. Porque una cosa es ser muy buen músico y otra, ser director. Ahí tenés que compatibilizar caracteres, opiniones, divergencias, amansar egos y hacerles entender lo que buscás.

-Qué noches aquellas del cuarenta, ¿no?
-Maravillas, era otra época. Nos juntábamos en cualquier boliche o casa, le dábamos al tenedor y cuchillo, cantábamos, contábamos, nos divertíamos. Sí, Buenos Aires era una fiesta continua, y la gente humilde encontraba una salida en el tango, porque la calle Corrientes estaba llena de boliches donde podías escuchar a orquestas y cantores, tomando simplemente un café. En los clubes de barrio, se armaban unas milongas de rompe y raja. La gente bien vestida, compartiendo espacio con los conjuntos de jazz, era una alegría sana, linda, barata, popular.

                                           

-Y la gente del tango era muy unida, además.
-Exactamente. Éramos competidores, y eso nos obligaba a mejorar constantemente y armar un repertorio que satisficiera a las hinchadas, porque cada orquesta tenía a su gente detrás. Pero después nos apoyábamos para ganar derechos de propiedad intelectual, royalties y todo eso. Yo he compartido mesas con infinidad de colegas y era un placer escucharnos y pasarnos datos y anécdotas.

-Y Angelito Vargas, qué grande...
-Fue un fenómeno irrepetible. estuvimos juntos fugazmente, por el 30, cuando me lo presentó Pepe Vázquez, el marido de Paulina Singerman, y nos separamos. Nos reencontramos en los albores del cuarenta. Los dos primeros temas que grabamos en la Víctor, fueron No aflojés y Muchacho. Y recién al año siguiente comenzamos a meter discos en la calle. Fue todo un suceso. Y se quedó pegado en los vientos del tiempo,  eso de D'Agostino-Vargas. ¡Qué bárbaro!

                                 

 Entonces miró el reloj y como lo estaban esperando para las clásicas partidas de poker, rumbeamos por Florida hacia arriba y al despedirnos,  me fui a tomar el bondi, tarareando al estilo Vargas, aquel: "Mañanita arrabalera / sin taitas por las veredas / ni minas en el balcón...".

Y ahora se me da por escuchar este tangazo del los orientales Carlos Lenzi y Juan Bauer (Firpito), para acompañar tan lindos recuerdos. Si no te parás y lo bailás, es que no sos milonguero.

06- Adiós arrabal - D'Agostino-Vargas




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