domingo, 28 de abril de 2013

El Chopin del tango

Osvaldo Fresedo fue quien lo apodó artísticamente con este alias artístico por su espíritu de ejecutante romántico, como el gran polaco, aunque él lo injertara en las costuras cambiantes de una ciudad cambiante, afincado en el tango. Por su fuerza emotiva merecía entrar en un canon mayor, que quizás no llegó a alcanzar por su temprana muerte, a los 33 años de edad.

Se llamaba Osmar Héctor Maderna, aunque en las enciclopedias populares tangueras, suelen suprimirse casi siempre los segundos nombres y, precisamente hoy se cumplen 62 años de su trágico fallecimiento, cuando se precipitó al suelo con su avioneta en la zona de Lomas de Zamora, cortándose allí, lo que se esperaba como una carrera muy exitosa y original.
                               
Había nacido en Pehuajó, un pueblo agrícola-ganadero de la Provincia de Buenos Aires, a orillas de la Cuenca del Río Salado y a 365 kilómetros de la Capital. Fue el octavo de los diez hijos que tuvo el matrimonio italiano: Juan Maderna-Ángel María Nigro. De su padre heredaría ese sentimiento musical, porque en las fiestas del pueblo, Don Juan salía con su "verdulera", esa especie de mini acordeón que tanto usaron los inmigrantes para transmitir las melodías del lontano paese.

                                         
Fueron casi todos agricultores italianos que se mezclaron los mapuches que habitaban la zona, quienes fundaron ese pueblo, y desde muy pequeño Osmar sintió el llamado, por lo cual la madre lo inscribió en los cursos que daba una maestra de Pehuajó, en el Conservatorio Fontova y de allí con 15 años,  saldría graduado y preparado para todo. Años más tarde, con mucho cariño recordaría a quella maestra rural: Leonilda Lugones y le dedicaría su hermoso tango: Lluvia de estrellas, a las cuales veía desde su ventana nocturna caer por las noches, cuando soñaba con ser músico.

Miguel Caló lo conoció en radio Belgrano, donde actuaba Osmar, con 21 años cumplidos. Había logrado conformar al Director artístico de la emisora y tocaba como solista. Allí lo descubrió el hombre que siempre tuvo buen olfato para entrever las posiblidades de los jóvenes y le propuso integrarse en su orquesta. Chupita Stamponi se había ido a México con Amanda Ledesma y necesitaba con urgencia un pianista. Así entró Maderna en 1939, a formar parte de la Orquesta de las Estrellas, cumpiendo una parte de sus sueños, cuando se largó a Buenos Aires con sus amigos de la infancia Aquilles Roggero y Arturo Cipolla, violinistas ambos.
                                             
Osmar Maderna con sus cantores Mario Corrales y Pedro Dátila
Nunca se tuvieron dudas sobre la influencia de Maderna en aquella orquesta. Le transmitió su impronta a la misma de tal manera, que Caló le confió incluso los arreglos y orquestaciones.  Basta ver sus trabajos con Sans Souci, Inspiración, Saludos, Corazón...no le hagas caso, Yo soy el tango o La maleva, para comprender hasta que punto su intervención fue decisiva para que el dreamteam de Miguel Caló alcanzase proyecciones estelares en el firmamento tanguero de una época irrepetible.

Esas grabaciones de entonces hoy son aún plato fuerte de la milonga. Cuando Maderna forma orquesta propia, su estilo queda para siempre impregnado en las siguiente formaciones de Caló. Es en 1945 cuando se da el gusto de dirigir su alineación, en la cual militan los fieles Roggero y Cipolla.

Serían sus bandoneones: Domingo Federico, Pepe Libertella (con 16 años), Luis Stazo y Eduardo Rovira, lo que habla de la categoría de la formación que es llamada por sello Sondor para editar sus primeras grabaciones. Buen gusto en la elección del repertorio, personalidad, cantores adaptados al estilo orquestal (Vierri, Tolosa, Corrales, Dátila, Rivas) y sobre todo sus grandes creaciones.

Lluvia de estrellas, Concierto en la luna, Escalas en azul o el arreglo de El vuelo del moscardón de Rimsky Korsakoff, consideradas como tangos-fantasía, fueron en su momento una audacia prodigiosa de tal calibre, que varias orquestas norteamericanas las ejecutaron. O su vals chopiniano con letra de Homero Expósito: Pequeña que caló en el repertorio  de cantantes de todo tipo.
                                    
Además compuso temas de esos que no se despintan con el tiempo: La noche que te fuiste, con el Catunga Contursi, En tus ojos de cielo con Luis Rubistein. Qué te importa que te llore, Jamás retornarás o el vals Luna de plata en los que, curiosamente compartió letras y música con Miguel Caló, entre otras.

Obtuvo el brevet de piloto civil en 1950. Y el 28 de abril de 1951, piloteando un Euroscope415-CD, se rozó con otra avioneta mientras realizaban acrobacias y se precipitó a tierra desde unos 250 metros de altura, falleciendo en el acto junto con su acompañante.

Por eso quiero recordarlo en este día. Con su orquesta, en el tema de Cátulo Castillo y Osvaldo Pugliese (que lo ubicó a Maderna entre los 4 mejores pianistas): Una vez, cantado por Pedro Dátila y grabado el 31 de Octubre de 1946. Y Riberas de París, del propio Maderna con letra de Cátulo Castillo. Lo canta Mario Corrales (luego se llamaría Pomar) y se grabó el 16 de diciembre de 1947.

Una vez - Maderna-Dátila

35- Rincones de París - Maderna-Corrales




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