sábado, 27 de abril de 2013

Caló, orquesta de los milongueros

Uno nota esa alteración en las mesas, las sillas y el ardor de la pista cuando suena Caló. Muchos bailarines de ambos sexos me han confesado a lo largo de los años sus preferencias por esta orquesta, debido al swing milonguero que ofrece para el disfrute.

                                                   


Yo debo reconocer que no siento quizás  lo mismo que esos cofrades, pero los hechos son tozudos y hay que admitirlo. En su orquesta militaron una gran cantidad de músicos jóvenes que le dieron ese toque rítmico inconfundible: Raúl Kaplún, Domingo Federico, Armando Pontier, Héctor Stamponi, José Cambareri, Carlos Lazzari, Juan Cambareri, Antonio Rodio, Eduardo Rovira, Miguel Nijensohn, Ariel Pedernera y sobre todo Osmar Maderna, que terminó dándole esa coloratura que lo sigue identificando hasta el día de hoy, aunque él se hubiera alejado del conjunto.

En realidad, todos fueron formando su propio rancho aparte y no ha existido orquesta por la cual hayan pasado tantos futuros directores. La militancia con Caló fue el mojón final del periplo de su formación y a casi todos ellos los esperaba la merecida fama, pues eran todos grandes músicos.

A ello debemos agregar el hecho de que un enorme y revolucionario poeta como Homero Expósito, por provenir de la misma zona que Stamponi, Pontier o Francini y por su amistad con ellos, creó páginas que calaron hondo en aquel fermento del 40, cuando el tango  penetrado de ansias estaba pidiendo a gritos, propuestas estéticas de ese calibre. Es como pintar la música, el eje flamígero que las hace imborrables, indestructibles. Y Federico, Pontier, Argentino Galván -que era el feliz arreglador del conjunto-, Stamponi, Francini, Maderna, todos integrantes de la orquesta, firmaron una cantidad de éxitos con Expósito, que representaron una fuente inagotable de páginas maravillosas.

                                   

Percal, Yuyo verde, Yo soy el tango, Tristezas de la calle Corrientes, Déjame volver para mi pueblo, Al compás del corazón, A bailar, con Domingo Federico. Trenzas, Margo, El milagro, Bien criolla y bien porteña, con Pontier. Qué me van a hablar de amor, Quedémonos aquí, Pueblito de provincia, Mi cantar, Flor de lino, con Stamponi. Pequeña con Maderna. Óyeme con Francini. Esta noche estoy de tangos, Cafetín, con Galván. Azabache con Francini y Stamponi. Dos fracasos con Caló,  fueron varios de esos golazos que nutrieron el arsenal de la orquesta, sacudieron las puertas de la calle Corrientes y el tout Buenos Aires tanguero aplaudió, cantando y bailando esas creaciones impagables, que siguen constelando en nuestra discoteca.

Miguel Caló, integrante de una familia numerosa del barrio porteño de Balvanera estudió violín desde los 16 años y finalmente se decidió por el bandoneón. Sus hermanos Juan, Armando, Antonio, Salvador y Roberto también se dedicaron a la música, en un caso raro de mimetismo. A sus 17 años, el jovencito Miguel tocaba el fueye en el cine Independencia de su barrio y comenzaba a ingresar algún dinero en la casa. A los 19 se enrolaba en la orquesta de Osvaldo Fresedo, que le impregnó sus ideas. Pasó por el conjunto de Pracánico, formaría su primera y olvidada orquesta y en 1929 se fue con Cátulo Castillo a España, en la aventura que éste trazó con los 3 hermanos Malerba y el cantor Roberto Maida.
                                                         


Así anduvo, tanteando la suerte, armando y desarmando conjuntos, viajando con Fresedo a Estados Unidos y de vuelta persiguiendo los secretos de aquella música que lo atrapó: su velocidad, las lentitudes súbitas, su hermetismo. Hasta que llegó esa explosión que fue la década del cuarenta, abonada por la generación del treinta. Y esa orquesta de jóvenes rompedores que buscaba su lugar en el firmamento tanguero, con los cantores que supo escoger el director: Raúl Berón, Alberto Podestá, Raúl Iriarte, Jorge Ortiz, Roberto Mancini. Y la perennidad de aquellas noches que acogió ese tango.

Evidentemente, Miguel Caló se ganó a pulso su lugar en el Olimpo tanguero. Cuando uno encuentra una música así, debe estarle agradecido el resto de sus días. Por eso en este sábado que amenaza lluvia, yo preparo el mate, los bizcochitos de grasa, pongo a la Orquesta de las Estrellas en la vitrola y me instalo en la década prodigiosa.
                                                                     
Raúl Berón y Raúl Iriarte, dos baluartes de la orquesta de Caló

Sí, que hermosura: Corazón no le hagas caso, de Armando Pontier y Carlos Bahr, grabado el 29 de junio de 1942, con la voz de Raúl Berón. Y un día más tarde, esa fábrica de éxitos registró el tango de Miguel Caló y Osmar Maderna: Qué te importa que te llore, que canta como los dioses Raúl Berón..


Miguel Caló-Raúl Berón: Corazón no le hagas caso

Miguel Caló- Raúl Berón - Que te importa que te llore

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