sábado, 20 de abril de 2013

Ángel Vargas

Pocos intérpretes del tango han tenido ese deje nostálgico que siempre transmitió este cantor del Parque Patricios silvestre, donde se crió.

Me parece estar viéndolo, pegado al micrófono, entonando con su media voz acariciante, esa actitud tan romántica, como los artistas verdaderos que van más allá de la técnica y derraman esas sugerencias emocionales de la música: el afligido verso, la pintura cromática del tiempo ido, las frustraciones existenciales.

                 
En su debut con Del Piano rodeado por Piazzolla, Pontier, Insúa, Berón, Rufino, Campoamor, Rótulo y músicos.

En su disimulada virtuosidad hay un aroma de barrio que impregna todo con un arte ornamentado, y como tal, transido de melancolía. Paul Gaughin, el gran pintor del post impresionismo francés decía metafóricamente: "Cierro los ojos para ver". Y así lo escucho en esta mañana madrileña, en que me siento transportado a un tiempo adolescente, romántico y dulzón.

Angelito Vargas (José Lomio) es, junto a Ängel D'Agostino, uno de los grandes referentes de la maravillosa y fecunda década del cuarenta que después de tantos años sigue dando frutos maravillosos, invadiendo pistas de baile, audiciones radiales, discotecas, en el inmenso edificio del recuerdo. Es como la representación de la vida y sus evanescentes retornos.

                                       


En su día le dediqué este soneto para un libro de poemas y es como lo veo, en la plasmación, fuga y detención del tiempo:




 ANGEL VARGAS
                                                                                           “jilguero criollo que pulsó
                                                                                             la humilde musa de percal…”
                                                                                                       Enrique Cadícamo
                                                                         

Lo tuyo no fue el canto desgarrado,
era un fraseo cordial de claro acento,
un medio tono cercano, chamuyado,
compadre y familiar, sin espamento.

Dos ángeles de acento milonguero:
La cadencia de ritmo acompasado
y el trino posta de pájaro jaulero,
relucen en cualquier embaldosado.

El disco surca tu grata voz que invita
y me devuelve aquel perfume añejo
del yotivenco y alguna antigua cita.

La sintonía me acerca desde lejos
a corralones, malvón, la Santa Rita
y el cuore vuela a mi rioba de pendejo.

                                             jmo


En sus idas y venidas de la orquesta de D'Agostino, cantó secundado por conjuntos dirigidos sucesivamente por Eduardo Del Piano, el Trío de Alejandro Scarpino, Armando Lacava, Edelmiro Toto D'Amario, Daniel Lomuto, Luis Stazo y José Libertella. Todos ellos bandoneonistas y no es casualidad, sino una necesidad cómplice del intérprete. 

Anteriormente a formar en la orquesta de D'Agostino, había estado con José Luis Padula, con la Típica Víctor que dirigía otro gran fueye: Federico Scorticati y en la cual ya formaba Eduardo Del Piano; y también grabó acompañado con guitarras.

Hoy lo traigo con estos temas: Tanto, de Elías Randal y Carlos Bahr, (7 de febrero de 1949), acompañado por la orquesta de Eduardo Del Piano. Era en otro Buenos Aires, de Fernando Montoni y Horacio Sanguinetti (5 de mayo de 1952), con el acompañamiento de Armando Lacava y su orquesta. Y el citado poema, recitado por Ángel Yonadi, el baqueano de Mataderos, con el fondo de Vargas en Cantando olvidaré, de D'Agostino y José Fernández.











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