viernes, 30 de noviembre de 2012

Firpo, el evolucionista

Los méritos contraídos por Roberto Firpo en el tango, son enormes. Fue quien introdujo el piano en la época arcaica del  tango. El que cosificó el valsecito porteño, despojándolo del aire vienés y Boston que arrastraba; el que le dio conformación definitiva a La cumparsita. Y podríamos seguir hablando de los años que trajinó para que el tango creciera, de los músicos que formó a su lado, de la parva de temas compuestos y de su evolución constante. De las grandes orquestas que condujo juntamente con Canaro para los carnavales rosarinos o para actuar en el Teatro Colón bajo su mando.


 Para aquellos carnavales de 1917, la línea de bandoneones estaba integrada por Eduardo Arolas, Osvaldo Fresedo, Minotto Di Cicco, Pedro Polito y Bachicha Deambroggio. Los dos pianos que actuaban conjuntamente los manejaban el propio Firpo y José Martínez. En violines: Francisco Canaro, Agesilao Ferrazzano, Tito Roccatagliata, Julio Doutry "el francés" y Alfredo Scotti. Y completaban aqullea formación de músicos iniciáticos, Alejandro Michetti en flauta, Juan Carlos Bazán en clarinete y el Negro Leopoldo Thompson en el contrabajo.

Arrancó en los tiempos fundacionales y heroicos de la música porteña con un trío en El velódromo,  Lo de Hansen,  e introdujo a la misma en el centro porteño, en la propia Avenida de Mayo, con el aura romántica que supo imprimirle. Merece destacarse su tratamiento, de gran control y atendiendo nota a nota, como si en su prosecución melódica estuviera todo el secreto y la razón misma del tango.

Lo imagino en aquella época. Un sonido, una música o un ritmo que apenas antes había oído, circula en su cabeza y lo lleva a algún sitio. Es un poco de viento que lo empuja en una dirección y luego hace descubrimientos que son suyos.

Y yo siento como una enorme necesidad del pasado para constituirme un territorio, porqué comencé con el pasado.

Dirigiendo su orquesta en Les ambassadeurs
 Aunque nació en Las Flores, provincia de buenos Aires, como Agustín Bardi, creció en mi barrio bravío de Parque Patricios, cuando se conocía popularmente como el de los Corrales, por el Matadero municipal instalado a 100 metros de su casa, dado que vivía con sus padres en Rioja y Rondeau.

Firpo con Cayetano Puglisi
Su padre tenía un fondín donde se armaban grescas tumultuarias. Corría el vino, las grescas y relucían las facas y la voladura de sillas y mesas. Descubrió el tango con aquellos organitos de Rinaldi y se le quedaron prendidos en el cuore. Alfredo Bevilacqua fue su maestro y el pupilo demostró que le sobraban agallas de taura para gambetear el destino que le imponía su padre y para hacer corretear sus deseos en busca de una meta que parecía tan ilusoria como la línea del horizonte.

Una tarde-noche que salíamos del periódico donde trabajábamos, con Coco D'Agostino (el sobrino de Ángel), nos chocamos con el maestro casi en la puerta. De la charleta inicial sobrevino la invitación a un copón de sidra helada en la Confitería Real que estaba en la esquina. Ahí nos contó su trabajo en La cumparsita, que al otro día publicaría Coco y desataría una ola de críticas y polémicas. Cuando le hablé de nuestro barrio, se entró a  reir y no sólo me recordó el ambiente pesado de su niñez allí, por su cercanía con el Matadero y la presencia de reseros, hombres a caballo, calles sin asfaltar, matarifes y las peleas constantes, sino la anécdota de su gran tango: El amanecer.

Yo la conocía através del relato de García Jiménez, pero me ratificó la historia. Era un boceto de tango, cuyos pasajes, tocaba en un cafetín de la Boca. Y él volvía a su piecita de la calle Rioja en aquellos tranvías eléctricos, de la línea 43 de dos pisos llamados El Imperial. Los obreros iban en los bancos largos de arriba, cuyo boleto valía 5 centavos y los calaveras en los de abajo que costaban 10 centavos. .

Firpo iba con estos trasnochadores, gastados por la farra y rumiaba aquellos compases. Y desde la parada del tranvía hasta su casa fue armando el entramado de dicho tema, empujado por los cantos de los pájaros mañaneros. En 1910, actuando en el Palais de Glace, le dio forma definitiva a este tango histórico.

Para ilustrar hoy su evolución constante, traigo dos temas. Una noche en la milonga, de Guillermo del Ciancio con versos de Nolo López y Fidel Robertassi, grabado en 1929 y que contiene un soberbio pantallazo de época. Y en 1941, grabó su hermoso tango El talento, escrito por el propio Firpo en homenaje a su joven violinista, Cayetano Puglisi, como lo especifica en la partitura. El mismo tano Puglisi que fuera luego tantos años primer violín de D'Arienzo.

Una noche en la milonga

El talento


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