domingo, 25 de noviembre de 2012

El Flaco Morán

Imposible no traerlo a cada rato a la conversa o al recuerdo. Alberto Morán está instalado en mi época de milonguero a tiempo completo, cuando me recorría todos los templos porteños para dibujar en el piso, ya fuese de parqué  o embaldosados.

Además, lo vi varias veces en el Club Atlético Huracán, en su sede social de la Avenida Caseros, frente al Parque Patricios, donde amontoné con la barra sábados, domingos y carnavales de tango.

La primera vez había sido en Mendoza. Estaba de vacaciones estudiantiles en casa de mis tíos y me llevaron mis primos mayores a ver a Pugliese y bailar en el Club Gimnasia y Esgrima de esa ciudad cuyana. Los cantores era Jorge Vidal y Morán.

Pugliese en Huracán era infaltable y su presencia con la orquesta llenó en numerosas oportunidades los amplios y modernos salones del Club. A Morán, se paraban pa'mirarlo. Cuando cantaba Pasional, San José de Flores o Medianoche, casi  nadie bailaba, porque las chicas se quedaban cerca del micrófono para ovacionarlo y los fervorosos hinchas del troesma terminaban cada intervención suya al grito de: ¡Caruso..Caruso..!

Cuando se fue de la orquesta en los primeros meses de 1954, después de 9 años inolvidables con Don Osvaldo, resolvió instalarse como cantor solista, recurso que le permitió, como a muchos cantores, usufructuar la enorme popularidad amasada y el fervor de la muchachada que lo seguía a todas partes.

Con toda mi juventud en barbecho, me instalé en la Confitería Montecarlo, de Corrientes casi esquina Libertad, para despuntar mis primeras escaramuzas en el centro porteño, donde había que bailar de manera mucho más contenida, por las dimensiones pequeñas de esos reductos que se llenaban.

Allí cantaba Alberto Morán secundado por la orquesta del pianista Armando Cupo, y seguía desgarrándose pasionalmente en la capacidad contenidística de los versos  que interpretaba, tejiendo el tapiz de una herida emocional. Que le garantizaba las ovaciones de admiración de sus fieles.


Gracias a esa cercanía, compartí algunos ratos con él y hasta alguna madrugada, a la salida de la Confitería nos fuimos a cenar y tomar algo con otros amigos. O lo veía seguido en el hipódromo provisto de su cigarrillo enfundado en una boquilla, sus prismáticos y la revista turfística con los datos de rigor. Era uno de sus vicios.

Todo el esfuerzo vocal que desplegó en sus mejores años le trajeron una pronta declinación, por las carencias de estudios vocales, pero sus antiguas grabaciones siguieron sumergiéndonos a todos los que disfrutamos aquellas noches maravillosas, en que sus palabras cantadas se clavaban en nuestro espíritu.
                                                                                       
El fervor de lo vivido, en la arquitectura efímera del tiempo.         

Yo lo escucho con una emoción especial, lo vivo, lo estoy viendo desgarrarse, con los ojos cerrados y asido al micrófono. Así, nterpretando este tango de Arturo Gallucci y el poeta Enrique Dizeo, que en 1943 cantó otro grande, Raúl Berón con Lucio Demare. El flaco Morán lo grabó con Armando Cupo en 1956. Y el título ya es un síntoma: Cómo se hace un tango.

Cómo se hace un tango

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