jueves, 22 de noviembre de 2012

Del caño 14

No resisto a la tentación de bajar con la imaginación, de reculié, las escaleras míticas del Caño 14, en la calle Talcahuano 975 y revivir el chispazo, las historias de una noche a puro tango.

Tener los sentidos enchufados al sonido de la ciudad, y la artillería de las palabras dispuestas para pintar el paisaje. Porque allí abajo, en su penumbra fantasmagórica, estaba el mejor Goyeneche.

Y sus duetti o mano a mano con Pichuco quedaban grabados en la memoria de los participantes, en aquel universo emocional.  Es prácticamente imposible  no retener el aura, tamaña densidad emotiva.  Porque ellos no buscaban una estética determinada, sino la que  llevaban dentro.

En sus testamentarias voluntades, alcanzaban el código secreto, envueltos en una luminosa empatía. Verlos otra vez juntos en escena, con la climática del tango apropiada, es un apretón al cuore.

Cada quien distingue de este caleidoscopio musical tanguero lo que más le sorprende, lo motiva o lo cautiva, despertando recuerdos.
                             

Y yo en esta gigantesca zambullida en la nostalgia reconozco que, del propio gusto, uno es químicamente responsable, porque me sale de las entrañas, porque lo siento en la piel. Y quizás por estar lejos en tiempo y distancia de los fervores porteños, volver a ver al Polaco subido al palco escénico del Caño, opera en mi ánimo  como una suerte de sortilegio, un hechizo. Con esta pesantez influyente del origen.

Es como sentir que el corazón despierta de un largo letargo.

El Polaco nos envuelve en su arrullo fraseado, goteando palabras. Y por medio del verso, el pensamiento vuela más allá de la música y las connotaciones inmediatas. Y mientras Colángelo le arranca virutas de noche-vida al piano, y las cuerdan colorean paisajísticamente el poema, Pichuco llora el fracaso existencial de la paica con su fueye. Le extrae notas simples como gotas de aguja.
La música y el gesto de Buda congelados en el movimiento. Magia. Misterio. Poesía. El lirismo alcanza un fervor alucinado.

                      

Y aunque el video que  nos trae una de aquellas noches, con Goyeneche cantando-interpretando El  motivo, de Juan Carlos Cobián y Pascual Contursi, esté cachuzo y deshilachado por la corrosión del tiempo, está a la vez lleno de noche  y de vida. No puedo menos que exprimirlo nuevamente y recrearme en ese temblor rítmico.

Lo invito a pasar. Ponga la copa al lado y sírvase un trago.



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