miércoles, 3 de octubre de 2012

Un valsecito

Siempre nos alegra el alma un valsecito porteño y hay que merodearlos para darle rienda suelta a ese estado de ánimo decaído, o para que la pista de baile suba en emoción y nos coloque en otra dimensión distinta a la del tango, que es más profundo y concentrado.

Vienen a representar algo así como el recreo en el cole.

Cuando yo era niño, muchas chicas eran empujadas por sus padres para aprender danzas españolas o los secretos del piano. Y a veces se escapaban por las ventanas de aquellas casitas bajas, los sones de Olga, Desde el alma, Francia o Pabellón de las rosas, por citar algunos de los primerizos más comunes, que surgían del piano manejado por juveniles manos femeninas.


Alguna vez comentamos que Roberto Firpo fue quien le dio el aura definitiva al valsecito porteño juguetón, escapándose de la ejecución de los valses vieneses que poblaron los primeros atriles de las orquestas típicas.

Desde entonces han llovido valses por los pentagramas tangueros y los milongueros completamente agradecidos, que diría Gardel, dada la facilidad que tienen estos temas para subir la temperatura del parqué, transformándolo en un jardín de jocundas expansiones florecidas.

Hoy nos alegramos con la orquesta de Adolfo Carabelli que es lo mismo que decir, la Orquesta de la RCA Víctor, que dirigía este pianista formado con maestros importantes en Argentina y en las sabias academias musicales de Italia; que abrazó el ritmo del jazz, cuando éste irrumpió en Buenos Aires y que por sus grandes capacidades de director, intérprete y orquestador, logró conjuntar una brava orquesta tanguera al comenzar los años treinta.

 Aunque le costó un poco meterse en el espíritu del tango, por su formación, precisamente ese bagaje le permitiría armar una orquesta rítmica, cálida, integrada por magníficos instrumentistas. Fueyes del nivel de Ciriaco Ortiz, Luis Petrucelli, Carlos Marcucci y Federico Scorticati le dan el sello definitivo. O violines de la talla de Elvino vardaro y Manlio Francia.

Y hoy nos agitamos en la espiral del valsecito, con la orquesta de la RCA Víctor conducida por Carabelli, en este tema del cantor y guitarrista platense, Pablo Rodríguez, esposo de Mercedes Simone:  No le quiero mirar, grabado en 1933 Cantan el estribillo, precisamente, Mercedes Simone y Carlos Lafuente. Parar la oreja en la explosión final de los fueyes, floreándose en las variaciones. De lujo.

No le quiero mirar







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