jueves, 11 de octubre de 2012

El fueye de Hugo Díaz

Era un santiagueño total, en su mansedumbre, la gracia chispeante y el foklore de su tierra caliente instalado en el alma. Le regalaron una armónica cuando tenía 4 años, y como quedó ciego durante un año,  por un pelotazo que recibió mientras veía a los changos correr detrás del balón, el instrumento le sirvió para mitigar su pena durante la convalecencia. Y le arrancaba intuitivamente melodías increibles.

Llegó, sin saber música, a manejar el piano, el contrabajo, el violín y el bajo. Era un superdotado, pese a que nació en un hogar pobrísimo y con la oreja derecha sin desarrollar plenamente.

Llegó a ser uno de los mejores armonicistas del mundo, pese a esas limitaciones. A los 9 años ya integraba, como solista de armónica,  la primera orquesta folklórica creada por el Consejo de Eduación en Santiago del Estero. Y se había iniciado como bajista  en una banda de jazz, música que sería otra de sus pasiones.

Mezclado con Domingo Cura, la hermana de éste, Victoria, cantante de hermosa voz, que será su esposa, y los guitarristas José Jerez, Julio Carrizo y Nelson Murúa llegan a Buenos Aires con el conjunto Chacay Manta. Y a partir de ahí no paró de crecer.
                                                                                En mi época juvenil iba a bailar  a la Confitería Montecarlo en Corrientes y Libertad. Al lado había un local donde se cenaba y se tocaba folklore. Hugo Díaz actuaba allí entre otras figuras. Al terminar la sesión de la tarde, cruzaba enfrente para comer algo, antes de zambullirme en la sesión nocturna y allí coincidí por primera vez con él. Nos encontrábamos y charlábamos como si nos conociéramos de siempre. A veces, en sus intervalos, asomaba su figura en la planta alta donde estaba Montecarlo para ver bailar y escuchar tango.

Más tarde, ya vivía él en Esmeralda casi equina Lavalle y coincidíamos en el Bar Suárez, que estaba en la esquina de su casa y donde yo despachaba unos estupendos sandwichs de miga antes de comenzar mi raid noctámbulo. Y nos parábamos con él en la puerta. Me mataba de risa con sus chistes, con sus piropos a las chicas y cada tanto se cruzaban José Canet o Pedrito Laurenz que iban rumbo a sus trabajos y cambiábamos algunas palabras.

Anduvo por medio mundo tocando y paseando nuestro folklore en los grandes escenarios europeos, americanos y Japón. Recién en 1972 llegó al disco con el tango que a veces interpretaba en sus shows. Los directivos del sello dudaron pero fue todo un suceso. Tanto que dos años más tarde volvería a hacerlo y continuó en el 74 y 75.

 Su forma de cantar los temas, tocando como si fuera un fueye (era fana de Troilo), con esos arrastres impresionantes, cantando la melodía con un fraseo increíble, recreándose en los rubatos, nos dejan sin palabras.

En algunos de los LP que grabó lo acompañan José Colángelo en piano, Omar Murtagh en contrabajo y Díaz y Pereyra en guitarras. Son ellos mismos quienes se asombran al ver las cosas que hace Hugo. De repente Colángelo está jugando y tocando en el piano unos aires de milonga,  y Hugo se prende al toque inventándose el tema allí mismo, ante el júbilo de los técnicos que registran la improvisación, titulada luego: Milonga para una armónica. Sólo los genios pueden hacer estos milagros.

Los invito a escucharla y a continuación con esta misma gente el vals: Pedacito de cielo, de Stamponi y Francini. Cosa de locos.

Milonga para una armónica

Pedacito de cielo

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