jueves, 16 de agosto de 2012

Virulazo y Elvira

Es una verdadera lástima que no tengamos mejores imágenes de esta pareja que simboliza la belleza del tango bailado y que ocupó las grandes carteleras internacionales junto a otros grandes del género.

Pero, aunque fuese famoso y amigo de artistas de renombre, aunque firmase autógrafos en Nueva York, Berlín o Tokio; Virulazo (Jorge Martín Orcaizaguirre), siguió siendo el mismo muchachón del barrio porteño de Mataderos que bailaba desde los 13 años, y que, por consejo de Esteban Celedonio Flores y el cantor Carlos Acuña, debutaría en la Confitería La armonía, de la calle Corrientes como bailarín profesional.

Al final pesaba 128 kilos pero en la pista o en el escenario no se notaba para nada, por su sentido del ritmo, por la agilidad de sus piernas y por el ensamble que forjaron con Elvira, su esposa y compañera.

Kissinger, Robert Duvall -que iba a su casa en Mataderos a comer algún asado-, Nureyeb, Anthony Quinn, lo honraron con su amistad y admiración, pero él siguió fiel a sus costumbres barriales hasta su muerte en agosto de 1990, con 64 años de edad.

Siempre pregonó que no era un bailarín, sino un milonguero, y que lo suyo era la improvisación. Por eso no ensayaba coreografías, aunque cada tanto se le ocurría alguna idea, un paso, un movimiento, y lo practicaba con la dúctil Elvira. Pero, ya en el escenario le gustaba dejarse llevar por el sentimiento y la imaginación.

Y verlo moverse con semejante físico, al principio despertaba sorpresa y el final una rendida admiración de los espectadores que lo ovacionaban junto a su pareja eterna.

En 1952, la firma de chocolates Águila organizó un campeonato nacional de parejas de tango.  Se anotaron 157 de ellas y ganó Virulazo con su compañera. Ello le permitió viajar por todo el país en giras, exhibiciones y demás. Con Juan Carlos Copes compitieron muchas veces y se enfrentaban en las finales, casi siempre.

En la década del 60, las grabadoras le dieron la espalda al tango, lo mismo que la Televisión,  y la música ciudadana de Buenos Aires quedó arrumbada a un costado. Y luego de algunos escarceos, cuando Virulazo pensaba colgar los charolados, llegó la oferta de Tango Argentino y allá se fueron a Estados Unidos, Europa y Japón, con otras parejas de renombre.

"Con lo que gané en las últimas giras -decía- compré tres casas, dos autos y un camión para mis hijos. Los viajes largos no los soporto. Para mí es como estar preso. Necesito mi casa, el barrio, los asaditos, los jilgueros".

Sus definiciones eran categóricas y desternillantes. Detestaba a Michael Jackson y Travolta, pero adoraba a Fred Astaire y Gene Kelly.

Virulazo fue un porteñazo, un gran bailarín milonguero y todo un personaje. Y Elvira su compañera ideal.




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