lunes, 27 de agosto de 2012

Miguel Zotto

A Miguel ya le dediqué una página y un poema, pero todo me parece poco, porque ha hecho tanto por el tango bailado, por el espectáculo, por su estilo fiel a los cánones, por las coreografías, por lo que ha cosechado y conseguido en el mundo; que merece un reconocimiento permanente.

Y no es moco de pavo -como decimos por allí-, lo conseguido. El apellido Zotto ha dejado una huella muy profunda y estoy involucrando también a Osvaldo, cuya temprana partida nos conmovió a todos sus amigos y a sus admiradores.

Miguel sigue defendiendo cosas fundamentales como el respeto al tango, a sus orígenes, a los viejos milongueros que acuñaron tantos pasos y no firmaron el copyright de los mismos; los legaron nomás para los que vienen llegando.

Miguel Ángel Zotto tuvo la gentileza de firmar el prólogo de mi libro: La llamada del tango -Una danza mágica- y yo le escribí estos versos salidos del cuore, y del lenguaje lunfa del barrio que cargamos en la mochila que nos  acompaña desde pibes.

Quiero recordarlo en estos días de recuerdos milongueros, como homenaje a un maestro que seguirá nutriendo a otras generaciones por el efecto contagio, y el modelo pulcro, elegante, sentido, de alma, que nos transmite.


VERSOS MILONGUEROS A LA GURDA
(Al troesma Miguel Ángel Zotto)                          

                                                                
                                                                                      “Le corrían por el cuerpo,  
                                                                                        que triunfaba en las piernas
                                                                                      las enredadas notas de los tangos”.
                                                                                                       Héctor Chaponick

                                                                                                                                 
 Tayó en el rioba tangamente de potriyo           
gardeleando a rockeritas suburbiales
con el fraguinche destino de su estirpe.

Se bardeó con las musas cachafazas
troileándose de zurda en la vitrola
empuglieseando su cuore hasta las bolas
y manijeando el esquecho en la viaraza.
Lo acompaña el mate amargo mancebado
en la sera del estrunge pensamiento;
el berretín es del bobo el linimento
que una cheno lo orlará de marqués enmilongado.

Y s’espira, de pogua, carancanfunfa 
de gomina y sonrisa, bien carrozado
a estremecidos pisos muy fanguyados
en donde, senza esparo, su estampa triunfa.

El guiye que lo copa es la milonga
y larga sarpado de sabia ferramenta:
un mancuse de ley, minga de mentas,
con carpuza, embrocando en meta y ponga
el fratacho  de leifes  canyengueros,
el orsay de pecoraras mucangueros
yirando con namusas volatriches.
La salmodia lo empúa y el pastiche
lo encurda de emociones y lo estara
pa’siempre en las trasnoches, en boliches,
contraseña  pa’que al tango a la gurda lo yugara.

La rante escuela de su antaña shomería
Le sella hoy el universo manyamiento:
Poniendo la percha, los quimbos y el talento
y milongueando en ritual porteñería
no tiene emparde en proscenio ni en la pista;
con la sofaifa entefrén, yumbear purista,
camina, -troesma total- y es chacamento. 


Este poema que me salió bien de adentro, lo recita impecablemente un sensible cantor y recitador de Mataderos: Angel Yonadi, otro amigazo. Y acá le paso el micrófono. ¡Dale Anyulín!





Y de paso cañaso, los vemos bailar a la yunta Zotto-Gúspero, para afinar la puntería milonguera en la pista.




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