sábado, 4 de agosto de 2012

Casas viejas

Esta vieja casona de San Telmo tiene todos los perfumes y recuerdos de aquellas casa-chorizo donde convivían numeros inquilinos que se turnaban en el uso de baños y piletas. Y los chiquilines corriendo tras la pelota y destrozando alguna planta, con el consabido regañar de las madres.

Siempre había algún cantor, un guitarrero, el fueye de algún vecino.

Y cierto sábado a la noche, los vecinos dejaban de lado sus rencillas y la casa se vestía de fiesta.

Corrían las macetas, agrandaban el espacio bailable del patio con sus baldosas baldeadas y secadas. Se colocaban guirnaldas, lamparillas del colores y esa noche había baile y se invitaba a algún muchacho o chica del barrio para que pudieran trenzarse en el baile familiar.

Se juntaban los músicos amigos y en la velada enlunada y calurosa, se enjuagaban las gargantas con clericó bien frío. El cantor desgranaba su repertorio tanguero y los valsecitos y milongas eran los reyes de la trasnoche. Las dueñas de casa también aportaban empanadas caseras para reponer fuerzas.


El  aroma de jazmines y glicinas contribuía a la ensoñación del baile y la música.

Siempre había un amague de noviazgo y el cierre dejaba el recuerdo de aquel tango bailado con toda el alma, los giros de los valsecitos, y esas milongas cruzadas en las que se prendían incluso los mayores con sus parejas.

Rodolfo Mederos nos retrotrae en el tiempo, acompañado de guitarra y contrabajo con la milonga de Pedro Laurenz, Milonga de mis amores, ideal para repiquetear la suela y los tacos en el embaldosado.

El bandoneón tiene esa magia única, sin igual que nos enfervoriza y nos arrastra a la pista.

¡Vamos muchachos!


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