sábado, 5 de mayo de 2012

Joaquín Do Reyes

En este recorrido emocional por las entrañas del tango, muchas veces me pongo a pensar en esos músicos o cantores que se quedaron en segunda o tercera fila porque fueron taponados por otros grandes.

Detrás de la vidriera, en la cual contemplamos la estatura de los que germinaron esta música, la afirmaron y consagraron, estuvieron los que le agregaron volumen a la obra, con su aporte artístico.

Hoy descorro las persianas del recuerdo y traigo a esa página a un bandoneonista que siempre estuvo en las gateras y corrió a la par de los destacados.

Joaquín Do Reyes (1905/1977), era porteño de del barrio de Mataderos, aprendió de pibe los secretos del bandoneón y acompañándose de guitarreros de la zona, recorrió boliches para dar salida a su vocación tanguera, antes de lanzarse a la conquista del centro, luego de sortear duras peripecias de una vida nada fácil.  

A los 20 años ya tocaba en las filas de Francisco Lomuto. Alternó con D’Arienzo y Alberto Gambino y con 30 en sus espaldas, por fin montó su propio conjunto que mantuvo siempre una línea musical respetada por su enjundia decareana. Supo rodearse de grandes ejecutantes que formaron en su orquesta, como los fueyes Máximo Mori, Alfredo Ahumada, Eduardo del Piano, Mario Demarco. Y sobre todo, sus violinistas ahondaban en el sello  del conjunto que destacó por su ensamblamiento, sonoridad, su equilibrio armónico y un ritmo vibrante.
Joaquín Do Reyes (izq.) con su entonces cantor Horacio Deval
 Nada menos que Elvino Vardaro, Alfredo Gobbi o Roberto Guisado aportaron su enorme talento, así como pianistas de la talla de José Pascual, Juan José Paz y Osvaldo Manzi entre otros. Horacio Deval y Tito Reyes formaron parte del núcleo de cantores que alternaron en la orquesta.

Un tango suyo de corte romántico que tocaba en el Chantecler, mereció la atención de la célebre Pepita Avellaneda, que ejercía de encargada del guardarropas del cabaret, y pensaba en su dura caída. Le sugirió el título: Yo no sé llorar,  aceptado en el acto. Celedonio Flores le puso letra tiempo después, a pedido de Gardel. Tuvo mucho eco en las grabaciones de Juan D’Arienzo con la voz de Armando Laborde y de Osvaldo Fresedo con Roberto Ray.

Mi evocación lo ubica en Radio El Mundo, donde estaba afincado, mientras almorzábamos, pues los mediodías radiales también destilaban tango.

Y acá lo escuchamos en tres temas. el tango Argañaraz, cantando Enrique Lucero (hermano de Mariano Mores),Yo soy la milonga del centro y el vals: Por un amor.


Argañaraz. 1950


Yo soy la milonga del centro. 1953


Por un amor. 1951

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