miércoles, 16 de mayo de 2012

El “Chino” Bardi



 Fue llamado con toda justicia “El compositor de los músicos”. Y fue decisivo en los cambios que el tango experimentó, con sus maravillosas composiciones.

Lo curioso es que Agustín Bardi nunca fue un músico destacado. Y su presencia en el piano con Arolas y Eduardo Ponzio en un trío, o con la orquesta de Canaro o en otro trío con Vicente y Domingo Greco, fueron pasajes fugaces de su vida tanguera.

Nacido en la localidad bonaerense de Las Flores, como Roberto Firpo, y el mismo año que éste, también coincide con el día de mi nacimiento aunque en distinto año, claro.

Temperamentalmente, gran parte de su obra tiene ese acento del tango primitivo que proviene de la frontera urbana del sur. La fecundidad de su trabajo creativo recoge el sabor criollo de aquel tango de arrabal y lo señala desde el vamos en títulos como: El abrojo, Se han sentado las carretas, El pial, Chuzas, El rodeo, El baqueano, El cuatrero, Tierrita, Cabecita negra,  El buey solo, Pico blanco, Adiós pueblo, Florcita, Gallo ciego.
 

Pero en su trascendental legado figuran otros temas de corte romanza como No me escribas, o melódicos como La última cita.

A los 6 años lo mandaron sus padres a estudiar a la capital, radicándose en el barrio de Barracas, en casa de sus tíos. Allí escucha rasguear la guitarra a un amigo de la familia y por medio de otro vecino aprende a manejarla. También estudia algo de piano. Con eso le basta para plantarse en los tabladillos del barrio de la Boca con sus grandes amigos como Arolas o Vicente Greco, a quien dedica su primer tango: Vicentito.

Era tan criollo en la pinta como en el pentagrama. Bajito, de bigote sempiterno, anteojos quevedescos,  mirada pícara y el andar pausado como su verba. Resulta increíble comprobar  que con la producción genial que creó, vivió humildemente y trabajó como empleado en el Ferrocarril Sur desde los 13 años.  Luego del servicio militar,  en la compañía de encomiendas y mudanzas: La cargadora, hasta su jubilación.

De aquella época data su tango Tinta verde, cuyo título refiere al líquido coloreado con el cual rotulaba los paquetes.

El chino Bardi, como lo motejó su amigo Arolas, murió con 46 años y Osvaldo Pugliese lo homenajeó dedicándole el tango: Adiós Bardi. Horacio Salgán hizzo lo propio con: Don Agustín Bardi.

Lo traigo a este rincón tanguero con tres temas suyos: Gallo ciego por Horacio Salgán (1950), La racha por Carlos Di Sarli (1947) y El baqueano por Juan D’Arienzo (1937)-







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