miércoles, 25 de abril de 2012

Juan Carlos Lamas



Quiero recordar un cantor de fugaz paso por el tango, pero que dejó su impronta nada menos que en la orquesta de Juan D’Arienzo.

Juan Carlos Lamas se llamaba en realidad Rafael Velázquez, y con ese nombre tan artístico, llegó al mundo en Rosario el 13 de octubre de 1921. Tenía estampa de cantor y de chico lució esa cualidad, cultivada por su padre que era guitarrero y también cantor en aquella Rosario de Santa Fe que consagrara su paisano, Agustín Irusta.

En la aventura porteña, con el seudónimo de Carlos Dumas, el muchacho veinteañero intentó entreverarse aconsejado por otro del pago: Lito Bayardo. Las luces buenas del centro lo condujeron hasta el Chantecler, de Paraná y Corrientes donde tallaba nada menos que Juan D’Arienzo.

Fulvio Salamanca, también nacido en Santa Fe, aunque criado en un pueblo del este de Córdoba fue su salvavidas. Tenían la misma edad y algún amigo en común. Sería Fulvio quien se lo recomendaría al Rey del compás. Pasada la prueba con éxito, se incorpora al conjunto, teniendo como compañero a Héctor Mauré.

Estaría un año y medio con D’Arienzo y dejaría 15 registros impresos. Los primeros fueron realizados el 24 de setiembre de 1942: Pompas de jabón, Vieja recova y Embrujamiento.

Se retiró voluntariamente de la orquesta para dar rienda suelta a sus ansias viajeras, aunque dejó dos grandes amigos en el conjunto: Fulvio Salamanca y Héctor Varela, como me contara tomando café.

Anduvo por México, Cuba, Puerto Rico, España, cantando e intentando trabajar como actor, cosa que lograría finalmente en Italia. Trabajó con Walter Chiari, con Fellini, hizo cosas menores en teatro y finalmente pegó la vuelta.

Consiguió rápidamente trabajo en nuestro cine y llegó a participar en 25 películas, haciendo papeles secundarios y generalmente de hombre recio. Pero en algunas como en: Procesado 1040, su trabajo fue muy elogiado por la crítica.
Lamas junto a Hugo del Carril y Julia Sandoval en Amalio Reyes, un hombre

 

También se manejó con alguna frecuencia en televisión y cada tanto, a pedido, recordaba su pasado de cantor. Me hice amigo de él, porque vino a cantar a un Festival que organizamos en el Club del barrio para recaudar fondos. Lo trajo un locutor de la barra.

Y en esas charlas, entre cafés recordaba con cariño al Flaco Varela y a Fulvio, y me contaba que solían verse intercambiando experiencia y anécdotas.

Hoy recuerdo a este trotamundos con dos tangos grabados con D’Arienzo, Vieja recova de Rodolfo Scianmarella, y Pompas de jabón de Roberto Goyheneche y Enrique Cadícamo, que fue el primer tango escrito por este último en 1925.





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