martes, 3 de abril de 2012

¿Cómo bailamos Pugliese?

Hay muchos milongueros de ambos sexos que le "temen" a Don Osvaldo. Mayoritariamente son aquellos que padecen de sordera musical y están más pendientes de sus figuras, que del ritmo que marca la orquesta. Algunos directamente se quedan sentados, ante lo que ellos suponen un intríngulis bailable.

Afortunadamente y gracias al talento de arregladores y orquestadores, amén del nivel técnico de directores y músicos, cada orquesta tiene "su" propio tempo de baile. En muchos casos muy distintos entre sí, y éste es uno de los grandes alicientes que nos lleva a la pista.

Degustar un Di Sarli y su modalidad cuerdista, subir las revoluciones con los bandoneones a tutiplén de  D'Arienzo; masticar esa manera de golpear y acentuar en el primer y tercer compás de Don Osvaldo, más el arrastre percusivo y sus adagios;  o repiquetear taco y punta contra el piso en la primera etapa de Troilo, son platos maravillosos para los buenos gourmets milongueros.



Al efecto de cómo interpreto a Osvaldo Pugliese en la pista o en mi oreja, compuse este poema que les ofrezco a continuación:


BAILAR PUGLIESE

 Nunca admitirá la falsificación de un sentimiento
en la  marejada tangónide. El obstinado rigor
es el fuego interior que lo consume
y achinando los ojos para pispear en la espuma
descoyunta sutilmente la estética del pasado.

Profundo, envolvente, cargado de resonancias
sin sobredosis ni ensimismamiento burbujeante,
arrastrando el compás al ralentí,
atento a las liaisons danseuses de quienes lo degustan
de un modo casi catárquico en su fátum insomne de la noche.

Deslumbran la claridad, precisión y el golpe rítmico.
Las parejas interaccionan sus egos, sus filias
y su pasión por el tango; la elegía, el salmo.
La sabia mezcla fulgura con la tensión, de manera epicúrea.

Ellos convergen en círculos concéntricos. En los abismos del placer
se reconocen resabios de un rito compartido en las  sombras.

El bailarín sabio escancia las pausas, en cadencias infinitas.
Esencialmente son mensajes emocionales,
que liberan energías psíquicas adormecidas;
un impulso secreto.

El maestro propone silencios en el círculo cargado de vida,
entre los ethos porteños y los sonidos que la ciudad amancebó.
Es la melancolía pugliesana.  
                                                      
La yumba vela el ritual.
                                                           

      
Y para completar nuestra postal de hoy homenajeando al prócer de Villa Crespo, admiramos a Javier Rodríguez y la trágicamente desaparecida el pasado año, Andrea Misse, bailando el tango del violinista oriental Julio Carrasco: De floreo. Lo grabó Don Osvaldo el 3 de mayo de 1950. Belleza.                                                             
























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