lunes, 9 de abril de 2012

Aquella década del 50...



Entonces Buenos Aires era una enorme pista de baile. Los porteños salían en masa los sábados a la noche a bailar en los salones de los clubes de fútbol, en las sociedades españolas o italianas, en los innumerables clubes de barrio.

Todas las noches había milonga: El Palacio Rivadavia, La pista de Lima, el Villa Sahores, Sunderland, Villa Malcolm, Huracán, Social Rivadavia, Comunicaciones, Centro de Almaceneros, Brístol, Salón Canning, Almagro, Pinocho, Estrella de Oriente, Premier, Sp. Buenos Aires, Isondu, Unidos de Pompeya, Sin Rumbo…

Las confiterías bailables céntricas albergaban una nutrida legión de gente con ojeras pronunciadas. La calle Corrientes era el paraíso de la muzzarella. La noche era un festín de taco y de carmín. La gente pegaba su oreja a la radio para escuchar a las orquestas que se turnaban en las principales emisoras en vivo y en directo.

Época de amistades blindadas, de restaurantes copados a las 4 de la matina, de muchachos silbando tangos por las calles, de codearse con Troilo, Centeya, Gobbi, Vargas, Tarantino, Francini, Expósito; de discusiones hasta el alba sobre qué orquesta era mejor para bailar, de hinchas de los cantores, de tango llenando emocionalmente todos los ángulos de la ciudad, de estrenos de páginas nuevas a diario.



La dialéctica tanguera se enriquecía con letras de tango que le cantaban al barrio, a los amigos, a las cosas de uno, el amor, lo perdido, la ciudad, las gambetas de la suerte. Los grandes poetas del tango estaban ahí, a mano, en el café, en un cenáculo nocturno, el cabaret.

La década del cincuenta fue algo maravilloso y aquellas trasnoches se quedaron prendidas en el alma de los que pudimos vivirlas, aunque no tuviéramos conciencia entonces, del enorme valor que tuvieron para nosotros.  Nunca volverá una época tan rica en tango, con multitudes acudiendo a cinchar por la orquesta preferida. Y a bailar con el estilo de cada formación. Vestidos con lo mejor que teníamos, las chicas rompedoras en su juventud y empilche.

Para quienes lo vivieron sólo a través de relatos y para quienes creen en exageraciones,estos son pequeñas muestras. Había tal cantidad de orquestas que parecía imposible que todas tuvieran trabajo. Y lo tenían.

Fiorentino con Troilo le dedica un homenaje a aquellas orquestas típicas en un tango del propio Fiorentino y Avlis (Erasmo Silva Cabrera) , el que inventó el bulo del Gardel oriental. Lo grabó Pichuco con su orquesta y la voz del propio Fiore, el 17 de diciembre de 1943.



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