martes, 10 de abril de 2012

Angelito Vargas


Seguramente Ángel Vargas, Ángel D’Agostino y Enrique Cadícamo estaban destinados a conocerse para plasmar en el disco uno de los tangos que mejor definen a esta música porteña: Tres esquinas.

Una pintura magistral de Cadícamo, la milonguera melodía de D’agostino, una interpretación orquestal hermosa, y la voz inigualable de Angelito Vargas para decir esos versos detallándonos postales tan cercanas nostálgicamente, del barrio de Barracas.
Alfredo Attadía colaboró para agregar unos espléndidos solos de bandoneón cuando Vargas termina de cantar la segunda parte.

Pero les quiero mostrar gráficamente una ocasión única: Angelito Vargas cantando con Aníbal Troilo.

Sucedió en el cabaret Marabú en 1940. Pichuco lo animó a subir al escenario y luego de una pequeña plática en el intervalo, entonó con la orquesta el valsecito de José Betinotti: Tu diagnóstico.

Angelito era de Parque Patricios, nació y vivió con sus padres, descendientes de napolitanos, en la calle Pepirí al 500, y comenzó su carrera casi niño, cantando en el cine Teatro Rivas de la calle Rioja, donde yo vi tantas películas en mi adolesacencia. Se llamaba José Lomio, tenía una voz chiquita pero con una sugestión muy cálida, única, diciendo los versos, a compás con la orquesta, con esa entonación tan suya.

A mi me trae tantísimos recuerdos gratos y le dediqué este soneto.


ANGEL VARGAS
                                                                                           “jilguero criollo que pulsó
                                                                                             la humilde musa de percal…”
                                                                                                       Enrique Cadícamo
                                                                          

Lo tuyo no fue el canto desgarrado,
era un fraseo cordial de claro acento,
un medio tono cercano, chamuyado,
compadre y familiar, sin espamento.

Dos ángeles de acento milonguero:
La cadencia de ritmo acompasado
y el trino posta de pájaro jaulero,
relucen en cualquier embaldosado.

El disco surca tu grata voz que invita
y me devuelve aquel perfume añejo
del yotivenco y alguna antigua cita.

La sintonía me acerca desde lejos
a corralones, malvón, la Santa Rita
y el cuore vuela a mi rioba de pendejo.


Lo escuchamos a este cantor que “hacía bailar a compás a la gente”, según decía su socio,  D’Agostino. En el clásico Tres esquinas (24-7-1941) y Adiós Buenos Aires (R:Scianmarella-L.Torres Ríos), con la Orquesta Típica Victor, del 3 de febrero de 1938.



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