miércoles, 21 de marzo de 2012

La última curda



Lo contaba Edmundo Rivero: Una noche de verano, enfriada solo por el hielo del güisqui, estabámos en ese departamento de Troilo (segundo piso, calle Paraná, frente al Chantecler) seis personas: los dueños casa, Miguel Ángel Bavio Esquiú (el que hacía Juan Mondiola) con su mujer, y yo acompañado por Julieta. El entusiasmo era uno sólo y por una letra que andaba por hacerse tango: de Cátulo Castillo, La última curda. Hubo ya un momento en el que el tarareo no alcanzó y Bavio impuso:

-Gordo, chapá la jaula.

Troilo no se hizo rogar y comenzó a desgranar los acordes de su tango, y yo por supuesto a entonarlo, a hacerme de sus palabras. Al rato estábamos tan absorbidos que la cosa se había convertido en un ensayo en toda regla. Al casi par de horas de retoques y de comentarios (también de tragos), el tango se iba quedando “redondo”. Las puertas del balcón estaban abiertas de par en par, pero si hubiera aterrizado en el depto un plato volador no lo hubiésemos visto. Por eso tampoco advertimos que enfrente, en la vereda, se habían ido juntando muchas personas.

Y ya cerca del amanecer, cuando se produjo la salida de la gente del cabaret, pareció que el mundo se venía abajo de aplausos y ovaciones. Fue cuando salimos a ver qué pasaba y nos dimos cuenta que se estaba interrumpiendo el tránsito. Igualmente tuvimos  que acceder al pedido de hacer el tango desde el balcón, a puro fueye y cantor. Era una noche tan hermosa que cantar “La vida es una herida absurda”, casi sonaba a macana…

Estas palabras de Rivero reflejan el parto de una de las páginas más hermosas del vademécum tanguero. Los que presenciaron aquel parto, de pura suerte noctámbula,  no lo habrán podido olvidar jamás. Como nosotros no podemos olvidar el registro del Polaco Goyeneche acompañado por Marconi en el Cine Teatro Opera aquella noche, cuando repasaron este tangazo.

Emociónense nomás. Es lo normal.


Roberto Goyeneche. La última curda

 

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