viernes, 23 de marzo de 2012

Ave de paso


Contaba Enrique Cadícamo que en 1937, el gran cantor Charlo (Carlos José Pérez Urdinola), fue contratado para cantar varias semanas en el Casino Urca, de Río de Janeiro, y le pidó encarecidamente que lo acompañara. Hacía allí embarcaron en el Conte Biancamano, con José Razzano, que había sido recomendado por el propio Cadícamo para representar al galán cantor. En el lujoso trasatlántico viajaban las famosas hermanas portuguesas Miranda, que regresaban de actuar en Buenos Aires. Durante la semana de travesía Charlo vivió un fogoso romance con Carmen, que luego sería estrella de Hollywood con sus bailes y aquellos sombreros llenos de frutas. 

En Río, Charlo tendría un gran éxito, aunque su representante depositase generosamente el dinero de sus actuaciones en la misma ruleta del casino, según el decir de Cadícamo.

En dicha ciudad estaba alojado desde hacía muchos años, Heriberto Muraro, un concertista argentino de piano, que gozaba de gran prestigio como ejecutante. Iba a visitarlos asiduamente al piso que alquilaban en la Avenida Atlántica, y un día le pidió a Cadícamo que hiciera el favor de escribirle una letra de tango, para que él pudiese ponerle música.

- Y no me moveré de su lado hasta que la termine-, agregó sonriente.

Como le urgía tanto el pedido, Enrique tomó la máquina portátil de Charlo y la escribió en tiempo récord, dada la facilidad tremenda que tenía para realizar el poema, con el fin de quitarse rápidamente el compromiso.

Charlo se acercó y al ver que se trataba de una letra a la que había titulado: Ave de paso, se inclinó sobre la máquina y después de leerla, exclamó: “Ésta es para mí”. Y la sacó de la máquina, a la vez que le decía a Cadícamo: “Hacele otra a Muraro”.

El asombrado Muraro se quedó sin letra, que Enrique prometió enviarle luego y la cosa quedó en el olvido.

Charlo le puso una hermosa música que compuso en su acordeón y no sólo la cantó de forma brillante sino que la grabó y la utilizó de ahí en adelante como preludio de todas sus actuaciones.

Vale la pena escucharlo, como colofón de la anécdota. 


Charlo en 1924




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